La trampa democrática: cómo se construye el poder desde la derrota
Hay una paradoja persistente en la vida política de quienes creen actuar con buena fe muchas veces terminan sosteniendo aquello que, en el fondo, los perjudica. A estos personajes —llamados popularmente “buenos cojudines” o “tontos útiles”— no se les puede juzgar con la misma severidad que a los oportunistas, pero tampoco se les puede absolver del todo. Su error no es la maldad, sino la ingenuidad; no es la ambición, sino la falta de lucidez.
El problema surge cuando esa ingenuidad se vuelve funcional. Porque en política, la buena intención sin comprensión del sistema no es inocente: es combustible. Y ese combustible es aprovechado por actores mucho más conscientes, más calculadores, más fríos. Allí aparecen los oportunistas, los cómplices silenciosos, los candidatos “decorativos” que no buscan ganar, sino fragmentar. No construyen propuestas, construyen escenarios.
En este juego, la multiplicación de candidaturas no es un accidente, sino una estrategia. Se diluye el voto, se dispersa la voluntad colectiva, y en ese caos aparente emerge el orden de unos pocos. El candidato con voto cautivo —ese que rara vez supera el 20%— no necesita crecer, solo necesita que los demás se reduzcan. No compite para convencer, sino para resistir mientras los otros se neutralizan entre sí.
Pero el fenómeno no termina en la elección. Ese mismo candidato, gracias al sistema, puede consolidar una bancada fuerte en el Congreso —a veces cohesionada, otras veces disciplinada por intereses— que se convierte en un verdadero centro de poder. Aunque no alcance la presidencia, logra algo quizás más decisivo; la capacidad de negociación. Desde allí, gobierna indirectamente, no con el rostro visible del mandatario, sino desde las sombras de la aritmética parlamentaria.
Y es ahí donde la política se vuelve transacción. Aparecen las concesiones, los intercambios: apoyo por ministerios, votos por leyes, presupuestos por cuotas de poder. El Ejecutivo, necesitado de estabilidad, entra en un juego donde cada decisión puede estar condicionada. Y esa bancada, que no ganó el poder formal, termina ejerciendo poder real. No gobierna desde el balcón, pero sí desde los acuerdos.
A esto se suma un elemento más oscuro y persistente, porque estos liderazgos con voto cautivo no nacen de la nada. Suelen ser producto de trayectorias anteriores, de gobiernos pasados que dejaron redes, lealtades y también sombras. En muchos casos, esas redes incluyen intermediarios, operadores o figuras que actúan como escudos —testaferros políticos o económicos— que protegen intereses, canalizan recursos y permiten que el poder se mueva sin exponerse directamente. No es solo una candidatura; es una estructura que sobrevive al tiempo y se adapta al escenario.
En este punto, la ingenuidad inicial de los “tontos útiles y cojudines” se vuelve aún más dramática. Porque mientras ellos creían estar participando en una competencia abierta, otros ya estaban diseñando el escenario post-electoral. Su voto no solo fue fragmentado, sino que terminó alimentando una estructura que puede perpetuarse en el poder sin necesidad de ganar la presidencia. Una forma de gobernar sin exponerse plenamente, de influir sin asumir todo el costo político.
Y junto a ellos, los cómplices conscientes. Aquellos que sí entienden el mecanismo y lo aprovechan como los que aceptan candidaturas sin viabilidad real, los que negocian desde el inicio, los que saben que no ganarán, pero sí incidirán. No son ingenuos; son funcionales. No son espectadores; son arquitectos del tablero.
El resultado es una democracia que se vuelve formal pero no sustancial. Donde se vota, pero no siempre se decide. Donde la pluralidad no necesariamente enriquece, sino que puede fragmentar al punto de debilitar la voluntad colectiva. Y donde el poder, en lugar de concentrarse en quien gana, puede desplazarse hacia quien mejor entiende cómo operar el sistema.
La reflexión, entonces, es inevitablemente ética. Porque no basta con señalar a quienes manipulan; también es necesario cuestionar las condiciones que permiten esa manipulación. La responsabilidad no es igual, pero sí compartida.
En última instancia, la pregunta es incómoda pero necesaria:
¿Estamos eligiendo a quienes gobiernan… o estamos facilitando que otros gobiernen sin haber sido elegidos de acuerdo a sus conveniencias?
