María Jesús Montero y trampas electorales
Robert Altman (1925-2006), director de cine norteamericano que triunfó con la mítica MASH*, una sátira sobre el ejército estadounidense en la guerra de Corea, pensaba que «la peor trampa en la que puedes caer es empezar a imitarte a ti mismo». María Jesús Montero, todavía ministra de Hacienda, quizá corre ese riesgo ahora que se ha dado el pistoletazo de salida para las próximas elecciones andaluzas. Desde luego, lo de presentarse como quizá la mujer con más poder en la democracia, que ahora lo deja todo por los andaluces, suena impostado, sobre todo porque abundan los indicios de que imploró a su jefe, Pedro Sánchez, algo así como «Señor, si es posible, que pase de mí este cáliz», una súplica antigua pero también muy apropiada en vísperas de la Semana de Pasión. Nada está escrito, pero las opciones electorales de Montero en su tierra son escasas, más bien mínimas, a pesar del entusiasmo del inquilino de la Moncloa con la guerra en Irán, que le permite esgrimir un «¡No a la guerra!», que cree que le da nuevas esperanzas políticas, si no es ahora, para cuando lleguen las elecciones generales.
Montero acude a Andalucía como víctima propiciatoria. Quizá por eso, con una excusa pintoresca, mantiene su escaño en el Congreso. Tampoco ha aclarado si, en el caso de salir derrotada, llegaría a formar parte del Parlamento andaluz o seguiría en el de Madrid. Es legal y, por supuesto, democrático, pero también una de las muchas trampas del sistema electoral español. Permite la renuncia al acta de un parlamentario y su sustitución por el siguiente de la lista. Es una anomalía, democrática, pero anomalía. Otra trampa son los restos mínimos que dan y quitan uno o varios diputados y, con ellos, mayorías, absolutas o no. El PP ganará, parece que con claridad, las elecciones. Por holgada que sea su victoria, la mayoría absoluta dependerá de unos cientos de votos en varias provincias. Esa tesitura afecta ahora al PP, pero lo mismo le ocurrió otras veces al PSOE, y es tan absurda en un caso como en otro, además de complicar la gobernabilidad. Es el resultado de un sistema ideado para favorecer las mayorías, respetar a las minorías y garantizar la estabilidad, pero que hace tiempo cayó en la peor trampa: la de imitarse a sí mismo, como decía Altman.
