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Artículo antipático sobre el plan de ayudas del Gobierno

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21.03.2026

René Descartes (1596-1650) explicaba que «la principal causa de nuestros errores está en los prejuicios adquiridos en nuestra niñez». Es lo que les ocurre a los ministros paleocomunistas –hay que llamar a las cosas por su nombre– del Gobierno de Sánchez, que ayer llevaron al inquilino de La Moncloa al borde del precipicio con sus exigencias. Lo mamaron en su niñez, pero aprendieron las doctrinas comunistas en su primera juventud, cuando ya habían fracasado en todas partes, desde la Unión Soviética hasta China, donde se declaran comunistas pero practican el capitalismo, aunque sea capitalismo de Estado. Yolanda Díaz y los ministros de Sumar, así como Belarra y Montero, que mitineará con Rufián, se aferran a las esencias paleocomunistas. Tampoco hay que olvidar el neofalangismo económico de Abascal y Vox. Los extremos se tocan. Popper (1902-1994) lo advirtió: «Es imposible que alguien abandone mediante razonamiento una convicción a la que no ha llegado por razonamiento». Los planes de Sánchez y su ministro de Economía, Carlos Cuerpo –María Jesús Montero está a otra cosa–, eran razonables y menos razonables, aunque estén magnificados por la propaganda gubernamental. Primero, es pronto para adoptar grandes medidas, pero se pueden dar pasos y prepararse para el futuro. Segundo, ante una probable crisis energética –todavía no lo es–, hay que huir del ejemplo español de 1973, en el tardofranquismo, tras la guerra del Yom Kipur árabe-israelí y los embargos petrolíferos de la OPEP. Con el dictador enfermo, sus allegados decidieron, por temor a reacciones populares, que los españoles no sufrieran la subida del precio de la gasolina y que el erario público asumiera los costes. El resultado fue que, mientras en Europa Occidental el consumo de petróleo cayó un 6% entre 1973 y 1978, en España subió un 21%. Los países industrializados salieron de la crisis en 1975 y 1976, pero España se hundió durante un decenio: el paro se multiplicó por diez y la inflación subió un 25% solo en 1976. Cuando el precio aumenta, sobre todo el de las materias primas, hay que adaptarse y no maquillarlo con artificios. La idea del Gobierno de reducir el IVA es razonable; otras lo son mucho menos. Los productos petrolíferos ya soportan muchos impuestos y, además, los ingresos fiscales, por la voracidad recaudatoria, van bien. El resto de medidas, propuestas o aprobadas, incluidas las de vivienda, son inútiles y contraproducentes. Pero ahí están los prejuicios –comunistas o neofalangistas– «adquiridos en nuestra niñez», que decía Descartes.


© La Razón