Turismo revolucionario de cartón piedra
Hay viajes que marcan una época y luego está el de Pablo Iglesias a Cuba. En esta nueva entrega del realismo mágico político en que se ha convertido la revolución de la izquierda, el protagonista contempla la miseria de un pueblo desde una «Grand Suite» con cama king size, aire acondicionado, comida de tres tenedores y, sobre todo, con electricidad.
El antiguo azote de las élites, hoy empresario mediático y hostelero, ha decidido aportar su granito de arena a la causa cubana desde el «discreto» y «proletario» refugio del Gran Hotel Bristol Habana Vieja Meliá, un cinco estrellas frente al Capitolio. Nada dice más de la solidaridad internacional que un minibar bien surtido y unas vistas panorámicas. La lucha obrera sigue, pero con baño de mármol.
Claro que no todo ha sido aplauso entre sus antiguos compañeros de trinchera. Desde la izquierda no proselitista no han tardado en rebautizarle el nuevo Alejandro Cao de Benós del Gobierno cubano, siempre dispuesto a encontrar oportunidades de negocio entre consigna y consigna. La diferencia es que, en este caso, los resultados parecen ser más tangibles que los electorales. Entre mentira y mentira, Iglesias asegura que la situación en Cuba es «difícil, pero no tanto». Una afirmación que, curiosamente, gana matices cuando se pronuncia desde 68 metros cuadrados de comodidad premium. Quizá sea una cuestión de perspectiva: no es lo mismo un apagón en La Habana que un apagón con servicio de habitaciones. El viaje también incluyó encuentros institucionales, como la reunión con Miguel Díaz-Canel, heredero político del castrismo, una «completa» inmersión en el parque temático revolucionario con foto oficial incluida, paseo por la avenida de la vergüenza revolucionaria y, para finalizar, una pose «mussoliniana» y un discurso medido con una buena iluminación natural entrando por el ventanal de la suite.
Los cubanos, los que sufren la realidad diaria, le recuerdan que no es cuestión de ponerse quisquillosos, que cada uno vive la revolución como puede, que para la mayoría de los isleños es entre miseria, basura, penurias y desdichas.
Y así, entre vuelos chárter, mensajes de apoyo y una flotilla que apenas pisó puerto para hacerse la foto y entregar la supuesta ayuda humanitaria al régimen para que se lucre, el viaje de Iglesias queda como una curiosa metáfora de estos tiempos de épicas fingidas, incoherencias ideológicas, de defensa de lo indefendible, de pura demagogia de cristalería de bohemia y sábanas de satén, de izquierda de cartón piedra.
