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El síndrome de Casandra de Pedro Sánchez

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20.04.2026

El denominado síndrome de Casandra describe la frustración de quien cree ver el futuro con claridad pero no logra que los demás le escuchen o le crean. En la mitología griega, Casandra estaba condenada a decir verdades que nadie atendía. Sin embargo, trasladar esta idea al liderazgo político contemporáneo exige cautela, porque también puede encubrir una forma de gobernar desconectada de la realidad y blindada frente a la crítica. Es el caso del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que ha caído en la tentación de situarse en ese papel de visionario incomprendido y adalid de la izquierda populista. Su discurso, a menudo cargado de apelaciones a la responsabilidad histórica y a la supuesta miopía de sus adversarios, dibuja un escenario en el que él aparece como el único capaz de interpretar correctamente los desafíos a los que supuestamente se enfrenta España. Pero esa narrativa, lejos de fortalecer la confianza pública, puede terminar erosionándola. El problema de asumirse como una especie de Casandra moderna no es solo la incomprensión ajena, sino el riesgo de calificar cualquier disensión, sea interna o externa, como un ataque personal a su figura intocable. En democracia, la discrepancia no es un obstáculo, sino un elemento esencial. Cuando un líder interpreta las críticas como una prueba de que los demás no entienden corre el peligro de encerrarse en una burbuja de autoconfirmación y autocomplacencia. Una actitud que, en el caso de Sánchez, ha derivado en una política basada en el ego y en una realidad autoimpuesta. Si todo desacuerdo se interpreta como ceguera externa, desaparece el incentivo para corregir errores propios. La consecuencia es una gestión que se vuelve rígida, poco permeable a la realidad cambiante, menos eficaz y, en última instancia, que derive hacia la imposición del pensamiento único, en el que solo lo que defiende el presidente es lo correcto. En lugar de invocar el síndrome de Casandra quizá sería más útil reivindicar la humildad política, la capacidad de escuchar, de rectificar y de reconocer límites. Gobernar no consiste en tener siempre razón ni en convencer a toda costa, sino en construir consensos y asumir que nadie posee una visión infalible del futuro. Porque, a diferencia del mito helénico, en política no basta con creer que se dice la verdad, sino que esa verdad debe ser la verdad. Hay que demostrarlo con hechos, resultados y, sobre todo, con la capacidad de integrar perspectivas distintas. Sin eso, el supuesto papel de Casandra deja de ser una maldición para convertirse en una coartada.


© La Razón