Cuando la barbarie es legal
La vida de Ramón Sampedro dio un volantazo de 180 grados de la noche a la mañana en 1968 cuando se arrojó de cabeza a esa piscina natural que es la traicionera playa coruñesa de As Furnas y se fracturó la séptima vértebra cervical. El marino jovial y fortachón del Puerto del Son quedó tetrapléjico. Ya nada sería igual. Sólo podía mover la cabeza. Su nivel de dependencia era del 100%. Irreversiblemente postrado en una cama, necesitaba de la ayuda de un tercero, normalmente su hermano o su cuñada, para consumar las tareas más elementales. Y así estuvo año tras año hasta 30. Deseando morirse. El coruñés pidió por activa y por pasiva a los tribunales que le permitieran finiquitar su existencia, cuestión física y metafísicamente imposible en la España franquista e igual anatema en democracia. Hasta que el 12 de enero de 1998 una amiga, esa Ramona Maneiro magistralmente interpretada por Lola Dueñas en Mar Adentro, le facilitó una cápsula de cianuro mortal de necesidad. El devenir de María José Carrasco fue igual de duro cualitativamente hablando aunque más lento desde el punto de vista temporal. La de Ramón Sampedro fue una pena de muerte en vida, la de ella una inexorable cuenta atrás al albur de esa termita celular llamada esclerosis múltiple. La sobrellevó en la primera década posterior al diagnóstico pero luego la enfermedad autoinmune cumplió sus implacables amenazas en forma de parálisis prácticamente total, severos problemas de visión y audición y fatiga infinita. La cama, al igual que Ramón Sampedro, fue el triste refugio de esta secretaria judicial que hasta el terrible veredicto médico era una deportista empedernida. Hablar le resultaba misión cuasiimposible y tragar un drama por la atrofia que había invadido su cuerpo. Su marido, Ángel Hernández, cumplió su deseo de finiquitar la vida de mierda que el destino le había deparado dándole de beber pentobarbital sódico con una pajita. Cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad hubiera apoyado la eutanasia de la que ni el uno, Ramón, ni la otra, María José, pudieron disfrutar. Nada que objetar a quienes deciden poner fin a existencias terroríficas que inducen a cuestionar la bondad del Dios todopoderoso de la fe cristiana, el Alá de la musulmana o el Yahvé de la judía. Pero Noelia Castillo no era Ramón Sampedro ni María José Carrasco. Tan cierto es que no vivió el mejor de los mundos, por motivos congénitos pero también sobrevenidos, como que su sufrimiento estuvo a años luz del padecido por la secretaria judicial madrileña y no digamos ya el marino coruñés. Más allá de entornos familiares que conocemos superficialmente, su drama se llamaba Trastorno Límite de Personalidad (TLP), patología mental que sin medicación genera tendencias suicidas. Tendencias suicidas que la llevaron a tirarse de un quinto piso. Quedó incapacitada pero no parapléjica, como falsariamente ha defendido una izquierda que en este episodio ha vuelto a exhibir actitudes diabólicas con titulares post-mortem como ese «Noelia gana a los ultras» de ese diario que acusó falsamente de violación a Julio Iglesias. La muchacha solicitó que se le practicase la eutanasia fundamentalmente sobre la base de esa paraplejia que, tal y como han acreditado los vídeos publicados por Okdiario, no existía. Andaba con dificultad, pero andaba, como ocurre a decenas de miles de españoles. No se daba ese «sufrimiento crónico e irreversible» que garantiza el derecho a la eutanasia. Este episodio demuestra por enésima vez que no todo lo legal es legítimo ni moral y que, desgraciadamente, lo legítimo y moral no es siempre legal. Cosas de una civilización que a ratos vuelve a la barbarie.
