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Como una «chica Elvgren», pero en woke

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25.03.2026

En la Segunda Guerra Mundial, los pilotos norteamericanos popularizaron el llamado «nose art», esas chicas despampanantes que adornaban el morro de los cazas y bombardeos; unas, inspiradas en las actrices más explosivas del momento, Betty Grable, Jane Russel, Veronika Lake o la mismísima Rita Hayworth, otras, salidas de los tableros de dibujo, como Betty Boop, o las «chicas Elvgren», las «pin-up» más apreciadas de la época, una de las cuales sería inmortalizada en la película de Caton-Jones, «Memphis Belle», sobre una escuadrilla de bombarderos B-17 en su batalla sobre los cielos de Alemania. Las autoridades de la época, bastante mojigatas, hicieron la vista gorda sobre la dudosa decencia del «nose art», teniendo en cuenta que las chicas ligeras de ropa reforzaban la moral de combate de unas tripulaciones que venían sufriendo bajas desproporcionadas. Sólo la VIII Fuerza Aérea, la que machacó la retaguardia alemana, dejando la mayoría de las grandes ciudades en ruinas, sufrió 26.000 muertos y perdió 8.000 grandes cuatrimotores. El «nose art» fue desapareciendo con la paz, y un intento de revitalizarlo en la Guerra del Golfo acabó como el rosario de la aurora en cuanto salieron a la palestra los de la «cultura woke», que se dicen progresistas, pero que entroncan perfectamente con un calvinista de los de babero blanco y hereje católico listo para quemar. De ahí, que nos llene de entusiasmo a los amantes de la historia de la aviación que nuestro señorito haya protagonizado un revival de las encantadoras «chicas Elvgren», adornando con su imagen, eso sí, elegantemente vestido, muy «woke», el fuselaje de los misiles balísticos de Irán. Y, además, con una frase humanitaria y llena de sabiduría: «Esta guerra no es solo ilegal, también es inhumana. Gracias primer ministro», y no como esas brutalidades que pintaban los norteamericanos en las bombas, del tipo «Qué te jodan Hitler» o «Felices Pascuas Adolph». No, los israelíes que viven en Dimona, en Haifa o en Tel Aviv pueden tener la enorme satisfacción de que el proyectil que se les ha llevado la casa por delante, y con ella algún familiar, llevaba una frase muy humana, reivindicadora de la paz y del derecho internacional. Uno ya no sabe qué hay que hacer para que, a nuestro señorito, que está en la primera línea frente al malvado sionismo, como han tenido a bien reconocérselo los hermanos iraníes, y que ha levantado en el corazón de los bienaventurados de la tierra un valladar contra el infame Trump, le den el Nobel de la Paz o, en su defecto, un Princesa de Asturias, que también molaría. No creo que esté para el Nacional de Bellas Artes, porque la pegatina de los misiles es, todo hay que decirlo, bastante cutre. Con el señorito retratado ante los micrófonos de los periodistas, y dando a cámara su peor perfil. Por ello propongo que, si la guerra se prolonga, aunque, por lo visto, al malvado Trump las cosas no le van saliendo como él pensaba, fáciles y provechosas, y está como Biden en Afganistán, buscando la salida de emergencia y que se fastidien los iraníes con sus ayatolás, que sean los equipos de propaganda de La Moncloa los que se encarguen de decorar los misiles de Irán. Si es posible, retratando a nuestro señorito al óleo, en una vuelta de tuerca al arte efímero. Que hay que pasar a la historia, aunque sea como mascarón de proa de un cohete de verdad.


© La Razón