La corrupción en la política
En «Un soñador para un pueblo» afirma Buero Vallejo que «al más grande político le pierde la ambición». Sobre todo si a la desbocada ambición de poder se une la ambición económica. Tal conjunción deriva en la corrupción más perniciosa. Esa tentación es frecuente, casi irresistible, cuando uno está instalado en el Gobierno, pero no es descartable en el que ha disfrutado del poder político y conoce la clave de la caja fuerte o en el que aspira a sacar provecho desde el principio de su dedicación a la política. Ocurre, sobre todo, con los que no han dado un palo al agua en su vida y convierten la dedicación a la política en un pingüe negocio para enriquecerse rápido. Esa perversión alimenta la negativa opinión general del pueblo sobre el ejercicio del noble oficio público. Por eso tal oficio, según cantan las encuestas, está tan desprestigiado en la calle.
Sobre las corrupciones del poder en España, antes y ahora, abundan los ejemplos. La cadena de escándalos no tiene fin, es una historia interminable. Conocidos representantes del poder actual están en la cárcel y otros, camino del trullo. La actuación de los más representativos es tan burda, tan descarada, que da vergüenza ajena. Ahora mismo existe expectación sobre el contenido del misterioso sobre que ha entregado, por fin, Aldama al juez, relacionado con la financiación del socialismo. Ni la guerra nos libra de los constantes sobresaltos internos. La excesiva ambición de poder del presidente Sánchez está pervirtiendo las instituciones democráticas. Y el ostentoso enriquecimiento de su antecesor y otros destacados exministros de su gabinete, dedicados ahora a «hacer las Américas», confirma, lastimosamente, todas las sospechas. No han pensado siquiera que la avaricia rompe el saco.
También la agudizada crisis interna de Vox, la impetuosa fuerza política de la derecha que venía con ánimo de purificar el aire y cambiar las cosas, como Podemos y Ciudadanos en su día, está sacando a relucir comportamientos escandalosos de la actual dirección del partido. Las críticas más acerbas proceden de los antiguos dirigentes defenestrados y dejan ver unas actuaciones deplorables. El castellano García-Gallardo ha llegado a acusar a Abascal de enriquecerse con la política, de embolsarse un tercer sueldo, poniendo por medio a su mujer. Lo que denuncian con más ahínco los creadores del invento –Espinosa de los Monteros, Ortega Smith...– es la falta de democracia interna y la deformación autoritaria del proyecto original. Veremos en qué quedan estas graves denuncias, justo cuando se vuelve a soñar con «la mayoría natural» de Fraga. El ansia de poder también corrompe.
