El presidente se quita de en medio
Se apacigua la guerra y sube la temperatura en el Tribunal Supremo. Es lo peor que le podía pasar al presidente Sánchez, que nota que ha vuelto a perder la iniciativa política. El «caso Ábalos» está resultando demoledor para el PSOE y para el Gobierno por más que pretendan presentarlo como algo ya conocido y amortizado. El intento de reducirlo a unos detestables comportamientos particulares, corregidos a tiempo, sin que tengan que ver con el funcionamiento del sistema y sin que nadie lo supiera, salta por los aires a medida que desfilan los variopintos testigos por el escenario. Es imposible encapsular tanta corrupción y contener tanta náusea. El desfile por el tribunal de amantes colocadas resulta un espectáculo desolador, capaz de ahuyentar, especialmente, el voto femenino. Sobre la financiación del partido aparecen ya indicios inquietantes. A medida que se desarrolla el proceso, queda más al descubierto la amplitud de la corrupción y la responsabilidad ineludible del presidente.
Visto el panorama interior, Sánchez se refugia en la política exterior. Ha encontrado un hueco en el antitrumpismo, y se siente importante, jaleado por las izquierdas, incluidos los movimientos terroristas de Oriente Medio, y aplaudido por China, adonde viajará, por cuarta vez, este fin de semana. Así se quita del medio, hace negocios de la mano de Zapatero, da un desplante torero al presidente de Estados Unidos y, de paso, ignora o desprecia a los socios europeos, que consideran imprescindible la coordinación de fuerzas y la alianza con Washington, peligrosamente deteriorada en estos momentos. La tregua en la guerra de Irán, que él no esperaba, le ha quitado al viaje visibilidad e interés geopolítico. Dentro, la vida sigue y, para su pesar, la película que se desarrolla en el Tribunal Supremo despierta mucha más curiosidad que la excursión del presidente del Gobierno a China.
Cuando despegue de Torrejón el avión oficial que le llevará al Oriente lejano, Pedro Sánchez, mirando hacia abajo, podría recordar aquellos versos de Shakespeare en Macbeth: «La vida no es sino una errante sombra, un pobre actor, que se pavonea sobre la escena en su papel de relleno, a quien nadie hace caso; es una historia contada por un idiota, lleno de rabia y de ira, y que no significa nada». Pero puede que no haya leído nunca a Shakespeare y prefiera quitarse la chaqueta, ponerse cómodo y, sin mirar por la ventanilla ni pensar más en lo que pasa abajo, tomarse un whisky con Albares, mientras este hombre, actor de relleno, abre el cartapacio y le explica el programa y la trascendencia del viaje.
