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Efecto «dog whistle»

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16.02.2026

Se llama «efecto dog whistle» (silbato para perros) a la estrategia comunicativa que consiste en usar un lenguaje codificado, eufemístico o de doble sentido, que puede parecer inofensivo pero que activa de manera agresiva a un grupo específico. Por ejemplo: mencionar con nombres y apellidos a periodistas incómodos para el poder en el Congreso, especialmente si lo hace un primer ministro, lanza un mensaje extremista que oculta odio y exacerba al segmento más activista y airado de la población, conectado ideológicamente con dicho político, y que pasará al ataque de tales periodistas o medios. Así, el político no precisa hacer una llamada a la violencia directa: le basta con hacerse la víctima y nombrar a ese periodista o medio molestos para él y estará activando un linchamiento digital. Porque, por supuesto, el «malvado» algoritmo sabe que estas cosas tienen un alto «engagement» digital, dado que el conflicto engancha más que nada. De este modo, podemos comprobar una vez más que el peligro del autoritarismo y la violencia no reside en el político antidemócrata en concreto, aunque éste sea pieza esencial, sino en la disponibilidad psicológica de una parte de la ciudadanía a dejarse manipular como borregos por cualquier déspota recién llegado. Porque el político que levanta muros («Yo contra la derecha y la ultra derecha facha», verbigracia)…, no puede ser considerado un demócrata. Sino un represor. La democracia es deliberativa, construye diálogos, no tapias. Acometer «Contra la otra mitad ciudadana, que yo califico e insulto por no seguir mis instrucciones» es antidemócrata. Tal político no puede esperar, pues, que sus homólogos –demócratas– lo tengan en cuenta. Lo cancelarán cuando puedan, arrinconándolo; no están obligados a obedecerle, como los ciudadanos de su país, pues la coacción política todavía se mantiene dentro de unas fronteras nacionales soberanas. No está globalizada. La polarización deliberada que promueve dicho político es lo contrario a la democracia: no busca el consenso, sino la agresión hacia quienes piensan diferente a él, que serán tachados de «amenaza existencial para el progreso», igual que antaño se los calificaba de «enemigos del pueblo».


© La Razón