Sanar el alma colectiva: En rescate de la dignidad del Venezolano, por Rosa María López
El impacto de lo vivido ha sido de tal magnitud que nuestra psique no encuentra acomodo para procesarlo. La tierra se nos movió, y no hablo solo del suelo bajo nuestros pies, sino de la estructura misma de nuestra realidad.
Cuando el entorno colapsa, nuestro sistema nervioso central (SNC) entra en emergencia permanente; vivimos instalados en el miedo, el dolor, la rabia y una incertidumbre que nos mantiene en estado de alerta constante. Estamos ante un trauma que nos ha llevado a un punto crítico: atrapados entre lo que vivimos y lo que hemos perdido, una suerte de parálisis donde nos sentimos congelados, observando cómo la realidad se nos escapa mientras el deseo de reaccionar lucha contra el profundo agotamiento que nos arropa.
Es en ese quiebre, en ese momento de desolación, donde la fe y la oración nos ofrecen una oportunidad única de transformación. Al reconocer que hay fuerzas superiores que sostienen nuestro camino, encontramos la serenidad para actuar con propósito, y ese es Dios.
Por la fortaleza desarrollada en nuestros corazones como sus hijos, ante este desafío espiritual, no podemos permitir que la parálisis nos convierta en espectadores de nuestra propia destrucción. Es imperativo que nuestro sentir, aunque esté herido, se convierta en el motor que le dé dirección a nuestro pensar. Si el sentir está roto, el pensar debe ser el arquitecto que nos organice; necesitamos actuar con cabeza fría, integrando la realidad sin adornos para ganar este desafío.
Estamos lidiando con una estructura de poder que nos........
