Nadie sustituye al alma la rebelión de la madurez del docente y el rescate de la dignidad, por Rosa María Lopez de Marin
El arte, cuando es un espejo de la vida, suele recordarnos verdades incómodas a través de la gran pantalla. Hay una historia emblemática en el cine contemporáneo donde la mujer en la cúspide de su madurez profesional es amenazada con ser desechada por el sistema. El argumento soterrado es el de siempre: la edad, el desgaste, la prisa de un entorno voraz que pretende sustituir la experiencia acumulada por el brillo de lo nuevo. Sin embargo, en medio de esa tormenta surgen lecciones de lealtad en personas que, en lugar de ponerte el pie, te dan la mano en silencio, y se teje así una red de apoyo para buscar nuevas oportunidades.
La dignidad del ser es eso: crear redes de apoyo, darnos cuenta de que todos somos necesarios y que, cuando descubrimos el valor personal, somos capaces de verlo en el prójimo sin egoísmos. Así descubrimos que Dios nos dio talento a todos y que la verdadera evolución no se alcanza desde el canibalismo personal o profesional, ni desde la competencia salvaje, ni alcanzando el éxito por el camino más corto. Al respecto tenemos vasta experiencia, dolorosa experiencia.
Es una premisa tan simple como profunda: si tú me das la mano, ambos subimos; pero si elegimos pisarnos para intentar sobresalir, sin meritocracia, el peso del ego o de algo más terminará hundiéndonos a todos. Como, de hecho, nos está ocurriendo.
Esta necesidad de sostenernos........
