Luis Alberto Perozo Padua: ¿Quién convirtió a Páez en traidor?
Un artículo de Wilfredo Bolívar, historiador, escritor y cronista oficial del municipio Araure, reabre una vieja causa venezolana: la acusación contra José Antonio Páez por la disolución de la Gran Colombia.
La palabra traición ha perseguido a Miranda, Piar, Padilla y Páez, casi siempre en horas de derrota, fractura política o disputa por el poder.
Entre cartas, memorias y documentos, esta crónica reconstruye cómo una condena histórica pudo nacer más de una necesidad política que de una verdad definitiva
La madrugada del 31 de julio de 1812, Francisco de Miranda ya no era solamente el Precursor de la independencia hispanoamericana ni el hombre que había cruzado los grandes escenarios revolucionarios de su tiempo. Era, para un grupo de oficiales republicanos reunidos en La Guaira, el jefe derrotado que había capitulado ante Domingo de Monteverde y debía responder por la caída de la Primera República. Entre quienes participaron en su arresto estaba Simón Bolívar, entonces un joven coronel que años después sería llamado Libertador.
Miranda, el venezolano universal que había combatido en la independencia de Estados Unidos, servido como general en la Revolución Francesa y encabezado expediciones contra el dominio español en Venezuela, fue señalado por sus propios compañeros como traidor. La historia, sin embargo, nunca terminó de cerrar ese expediente: lo que unos vieron como entrega de la causa republicana, otros lo interpretaron como el desenlace desesperado de una República devastada por la guerra, el terremoto de 1812, la deserción, la crisis militar y la falta de cohesión política.
Dos siglos después, la traición sigue siendo una de las palabras más graves y eficaces del vocabulario político venezolano. Ha servido para condenar, expulsar, fusilar, deshonrar o reducir a una etiqueta procesos que fueron mucho más complejos que la conducta de un solo hombre. Se dijo de Miranda en 1812; se utilizó contra Manuel Piar en 1817, pese a que con justicia se le llama el Libertador de Oriente por su papel decisivo en la campaña de Guayana; cayó también sobre José Prudencio Padilla, el marino pardo de Riohacha que selló con su escuadra la victoria naval del Lago de Maracaibo y, con ella, la etapa decisiva de la independencia en Venezuela y la Nueva Granada; y terminó persiguiendo a José Antonio Páez, caudillo llanero, jefe militar de la independencia y primer gran conductor político de la Venezuela separada de Colombia.
Ese es el terreno histórico que vuelve a abrir Wilfredo Bolívar, historiador, escritor, acucioso investigador y cronista oficial del municipio Araure del estado Portuguesa, en un artículo publicado en el Diario Última Hora el 13 de junio de 2016, dentro de su columna Derecho de palabra: la gacetilla del cronista. El texto llevaba un título directo, casi desafiante frente al relato escolar de varias generaciones: El errado cuento de un “Páez traidor”. Desde las primeras líneas, el cronista no intentaba suavizar su posición. “En su deseo de encumbrar al Libertador Simón Bolívar, fueron los historiadores positivistas de finales del siglo XIX, quienes acuñaron un falso histórico que aún se repite: Páez fue un ‘traidor’ a los postulados de la llamada Gran Colombia. La historia ciencia demuestra lo contrario”, escribió.
La frase importa no solo por lo que dice, sino por el problema que plantea. Wilfredo Bolívar no discute un adjetivo menor, sino una condena histórica. A su juicio, Páez no fue el verdugo individual de la Gran Colombia, sino el dirigente que enfrentó una crisis política ya abierta, alimentada por el centralismo, la bancarrota del Estado, la distancia entre Bogotá y Venezuela, el agotamiento de la guerra, la disputa entre autonomías regionales y poder central, y las contradicciones del propio proyecto colombiano. En otras palabras, el cronista sostiene que la historia oficial necesitó un responsable visible para explicar la caída de una república inviable, y ese papel terminó recayendo sobre el jefe de los llanos.
El origen de una condena
La Gran Colombia nació como una empresa política monumental. A partir de 1819, y con su consolidación constitucional en 1821, agrupó territorios que hoy corresponden a Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. En el plano simbólico, representaba la ambición continental de Simón Bolívar: una república grande, fuerte, capaz de sobrevivir frente a las antiguas potencias europeas y frente a los riesgos de fragmentación interna.
En el terreno práctico, sin embargo, aquella construcción descansaba sobre una geografía inmensa, comunicaciones lentas, economías regionales desiguales, liderazgos militares con poder territorial propio y una tensión permanente entre quienes defendían un Estado centralizado y quienes reclamaban mayor autonomía para las provincias.
Wilfredo Bolívar coloca el acento en esa disputa. Según su lectura, Simón Bolívar optó desde temprano por una fórmula centralista y controladora, distinta del espíritu federal que había marcado a la primera experiencia republicana venezolana de 1811. “La revisión de la documentación política de Colombia ofrece otra perspectiva”, advierte el cronista en su artículo. Su planteamiento es polémico y no debe ser leído como consenso historiográfico absoluto, pero sí como una línea de interpretación que obliga a revisar el expediente con menos devoción y más archivo.
Para Wilfredo Bolívar, el problema no comenzó cuando Páez decidió actuar en Venezuela; venía incubándose desde la estructura misma de la República de........
