La Otra Cara: "La Odisea inconclusa" Por José Luis Farías
Los antiguos griegos comprendieron algo que los estrategas políticos modernos, con sus diagramas de flujo y sus hojas de ruta, suelen olvidar: que la victoria y el regreso a casa no son lo mismo. Troya cayó, sí, y con ella se derrumbó un mundo. Pero la diosa Atenea, la de ojos glaucos, se apareció ante Odiseo en la playa de la ciudad arrasada y le recordó, con esa mezcla de admiración y advertencia que caracteriza a los dioses, que el camino de regreso no sería fácil. “Eres fiero, audaz e ingenioso”, le dijo, “pero los dioses son caprichosos. Te entretendrán poniéndote a prueba. Saben de tu astucia y te envidian. La usarán en tu contra para demostrar su poder.”
Odiseo, sin embargo, no escuchó del todo la advertencia. O quizás la escuchó y la archivó en el mismo lugar donde guardamos las certezas incómodas que preferimos posponer. Comenzó la recluta de hombres para el regreso a Ítaca. Reunió a su amigo Polites, al navegante Alcimo, al guerrero Euríloco. Zarpó con doce naves y seiscientos hombres, llevando en el pecho la imagen de Penélope tejiendo y destejiendo en la península, y la promesa de que el viaje duraría apenas dos días. Dos días. Eso creyó. Eso le dijeron los vientos favorables. Eso necesitaba creer para no volverse loco.
Y, sin embargo, a Odiseo aún le faltaban diez años para llegar a Ítaca.
“El 3 de enero pudo haber sido la Troya de Venezuela: el momento dramático”, casi litúrgico, “en que una vieja realidad política se volvió imposible de sostener”, escribió António de la Cruz con una metáfora certera. Y en efecto, las imágenes dieron la vuelta al mundo, los analistas pronunciaron sentencias definitivas, y muchos creyeron, con la inocencia de quienes confunden el estruendo con la historia, que el desenlace estaba escrito. Pero Troya, hay que recordarlo, no fue el final de la Odisea. Fue apenas su prólogo.
Y mientras los venezolanos, como los hombres de Odiseo, miraban hacia el horizonte esperando que la travesía durara dos días, la geopolítica tejía su propio telar. Después del encuentro de Panamá, Trump prepara un diálogo-negociación entre la Asamblea de 2015, presidida por Dinorah Figuera, y la Asamblea regentada por Jorge Rodríguez, que sin explicación alguna concluyó en una representación del Gobierno de Delcy apadrinada por la Casa Blanca. Dos cuerpos ilegítimos, dos memorias que se enfrentan en una mesa donde los dioses —que en este caso hablan inglés y residen en Washington— deciden las reglas del juego. Es, si se me permite la imagen, el concurso de los pretendientes, pero con menos arcos y más expedientes. Porque los pretendientes de nuestra Odisea no empuñan lanzas ni tensan arcos; empuñan resoluciones, tensionan comunicados y disparan tuits. La ciudadanía, Penélope, sigue tejiendo y destejiendo entre la esperanza y el cansancio, sin saber aún si el telar será su liberación o su condena.
Pero hay una figura que no cabe en el concurso de los pretendientes, ni en el telar de Penélope, ni en la indiferencia de los dioses. Es María Corina Machado, la legítima líder de la oposición venezolana, que no es Odiseo porque no ha empuñado la espada, pero que ha recorrido el país con la obstinación de quien sabe que el regreso a casa no se negocia en las mesas de los poderosos, sino que se construye en el cansancio de los caminos. Ella ha sido, durante años de inhabilitación y asedio, la memoria viva de que la democracia no es una concesión que se otorga desde arriba, sino un derecho que se ejerce desde abajo. Mientras los pretendientes se disputan el trono vacío y los dioses de Washington calculan sus movimientos, María Corina ha mantenido viva la llama de la resistencia civil, esa que no necesita decretos ni comunicados porque se alimenta de la convicción de que la dignidad no se negocia.
No es la primera vez que una mujer sostiene el arco en la ausencia del héroe. Penélope tejió y destejió durante veinte años, pero María Corina ha hecho algo más difícil: ha tejido sin tregua, ha organizado la esperanza, ha convertido la proscripción en una forma de presencia. Su liderazgo no se mide en escaños ni en cargos, porque los cargos le han sido negados por la arbitrariedad de un régimen que teme más a una mujer con palabra y guáramo que a un ejército con fusiles. Se mide, en cambio, en la capacidad de mantener unida a una oposición que los estrategas internacionales han querido fragmentar, de sostener el principio de que la soberanía no se delega en potencias extranjeras, de recordar que el regreso a Ítaca no será posible si los propios navegantes olvidan la ruta.
Pero la democracia, conviene recordarlo, no es una batalla. La democracia es Ítaca. No un lugar al que se llega por asalto, sino una tierra a la que se regresa después de haber aprendido que el poder es siempre provisional, que la autoridad solo se legitima cuando acepta........
