El buhonero que pedía nada más que vivir, por José Luis Farías
La muerte de Víctor Hugo Quero Navas ha conmovido a la nación. Y cuando digo nación, digo a la que aún respira dentro de este territorio sitiado y a la que habita por fuera, en esa geografía del exilio que todo lo ve con el espanto de quien ya no se asombra de nada. Hasta aquellos que, desde las vitrinas de una falsa oposición, aplauden con disimulo al régimen, se han visto obligados esta vez a soltar un lánguido mensaje en X, como quien vomita una condena a cuentagotas para lavar su propia complicidad.
Escuche lo que dijo su madre, Carmen Navas, de 82 años, cuando por fin le revelaron la verdad: “Me decían que estaba bien, que pronto volvería. Yo le planchaba la ropa esperándolo.” Esa voz es la que ningún poder puede comprar ni acallar.
¿Por qué? ¿Por qué este crimen, entre tantos, ha logrado ese milagro cínico de unir en el repudio a verdugos y cómplices?
Porque más allá de lo repudiable de todo crimen —y en este país ya deberíamos tener un diccionario aparte para clasificar tantos—, más allá de que esta muerte sea una más en una lista que las ONG Provea y Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) documentan con nombres y fechas: 27 presos políticos fallecidos bajo custodia del Estado desde 2014; más allá de que el Foro Penal, por su parte, confirme al menos 17 muertes en el mismo periodo y su presidente, Alfredo Romero, haya denunciado que se trata de un “esquema sistemático” de violaciones; más allá de la ilegalidad de su detención, certificada por informes de la ONU; más allá de la condición humilde de Quero, buhonero del sector La Hoyada, en el mismo corazón de Caracas, donde sudaba su........
