Antonio de la Cruz: La IA fabricará sus propios revolucionarios
La Revolución Industrial necesitó varias décadas para encontrar a sus revolucionarios. La revolución de la inteligencia artificial probablemente también.
Cuando las primeras fábricas transformaron Gran Bretaña, nadie sabía que aquellas máquinas terminarían reorganizando la política mundial. La máquina de vapor parecía una innovación energética. El telar mecánico, una mejora productiva. El ferrocarril, una revolución del transporte.
Pero juntos estaban construyendo algo mucho mayor: una nueva estructura de poder.
Karl Marx nació décadas después del comienzo de aquella transformación. Cuando publicó con Friedrich Engels el Manifiesto Comunista en 1848, la industrialización ya había producido grandes fábricas y fortunas, ciudades hacinadas, insalubres, convulsas, fabriles, y una nueva clase social: el proletariado.
Marx no inventó la Revolución Industrial; construyó una interpretación politica-economica de sus contradicciones. Y cuando una interpretación logra explicar el malestar de una época, convertir experiencias individuales en conciencia colectiva y movilizar a una clase social, deja de ser una explicación: se convierte en ideología y, eventualmente, en una fuerza capaz de cambiar el mundo.
Estamos acercándonos peligrosamente a otro momento semejante.
La inteligencia artificial suele discutirse como tecnología. Preguntamos qué modelo razona mejor, cuándo llegará la inteligencia artificial general, qué empleos desaparecerán o cuánto aumentará la productividad.
Son preguntas importantes. Pero hay otra mucho más peligrosa: ¿Quién será dueño de la inteligencia?
El nuevo problema de Marx
Marx organizó su interpretación del capitalismo alrededor de una división fundamental: unos poseían los medios de producción; otros poseían únicamente su fuerza de trabajo.
La fábrica necesitaba al capitalista. Pero también necesitaba al trabajador.
La IA altera esa ecuación.
Durante dos siglos, incluso el empresario más poderoso necesitó trabajadores para producir. Podía sustituirlos, disciplinarlos, pagarles miserablemente o trasladar sus fábricas. Pero necesitaba mano de obra.
Ahora imaginemos una economía donde capital, energía, modelos de IA, agentes autónomos y robots puedan realizar una proporción creciente de las tareas.
La vieja fórmula: capital trabajo = producción empieza a convertirse en: capital IA energía = producción.
La causa de Marx era que el trabajador era explotado. En el siglo XXI podría ser más perturbador: que deje de ser necesario.
No completamente. No mañana. Pero sí lo suficiente para alterar el contrato social sobre el cual construimos nuestras democracias. Porque casi toda nuestra arquitectura económica presupone una cadena: trabajo ? salario ? ingreso ? consumo ? autonomía.
¿Qué ocurre cuando esa cadena comienza a romperse?
Ahí puede nacer una nueva izquierda.
El próximo........© La Patilla
