Antonio de la Cruz: La batalla por controlar la transición
La caída del viejo orden no garantiza el nacimiento de una república. Entre la tutela estadounidense, la fragmentación opositora y la descomposición del chavismo, Venezuela enfrenta ahora una pregunta más difícil que la salida de una dictadura: quién será capaz de convertir la legitimidad popular en poder institucional.
Las revoluciones suelen comenzar prometiendo que el pueblo gobernará y terminan explicándole al pueblo por qué todavía no está preparado para hacerlo. Las transiciones, por su parte, acostumbran a recorrer el camino inverso: comienzan administradas por élites, militares o potencias extranjeras y solo se convierten en democracias cuando la sociedad logra apropiarse de ellas. Venezuela se encuentra precisamente en ese incómodo punto intermedio.
El viejo régimen ha perdido su relato, pero no todos sus instrumentos. La oposición conserva una legitimidad electoral indiscutible, pero todavía no controla el Estado. Estados Unidos posee la capacidad material para ordenar la transición, aunque no puede fabricar por decreto una autoridad venezolana legítima. Entre esos tres polos —control residual, mandato popular y tutela externa— se libra la verdadera batalla por el futuro del país.
La reunión prevista para el 1 de agosto no será, por tanto, un diálogo convencional. Será una negociación sobre quién define las reglas, los tiempos y los límites de la nueva etapa. Su importancia no reside únicamente en los nombres sentados alrededor de la mesa, sino en la pregunta que flota sobre ella: ¿están los venezolanos diseñando su transición o simplemente ejecutando un cronograma elaborado en Washington?
El poder después del colapso
El chavismo construyó su hegemonía sobre tres promesas: justicia social, soberanía nacional y participación popular. Hoy las tres se encuentran quebradas. El sistema no puede garantizar bienestar; depende de una potencia extranjera para sostener su estabilidad; y reprime o ignora incluso a sectores que alguna vez formaron parte de su base.
La contradicción es particularmente corrosiva. Durante décadas, el enemigo imperial sirvió para justificar la concentración del poder, el fracaso económico y la militarización. Ahora, parte de la antigua dirigencia parece administrar el país bajo la supervisión del mismo actor que había convertido en explicación universal de todos sus males.
Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello todavía conservan cargos, redes administrativas, vínculos militares y acceso a recursos. Pero su problema ya no es simplemente de legitimidad. Es de utilidad. Habían ofrecido capacidad para contener a las bases chavistas, garantizar continuidad administrativa y evitar un vacío de poder. Si dejan de cumplir esas funciones, también pierden valor para Estados Unidos.
Las protestas de antiguos militantes, el........
