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Alfredo Álvarez: Traición a la patria y soberanía nacional

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23.01.2026

“En rigor, el concepto ‘traición a la patria’ (…) se ha llenado de valoraciones políticas que, sin una definición rigurosa, pueden convertirse en instrumento de atropello a los derechos humanos en un Estado de derecho.” – Reflexión jurídico-crítica sobre el delito de traición.

Por Alfredo Álvarez

En el escenario de las sociedades postmodernas, la llamada guerra cultural se configura como un campo de disputa simbólica donde se redefinen los límites del poder político, la identidad nacional y los valores universales de la democracia liberal. Este fenómeno no solo expresa el conflicto entre proyectos ideológicos contradictorios, sino también la pugna por imponer narrativas que doten de sentido a la soberanía y a la pertenencia colectiva. En este marco, la retórica de la “soberanía nacional” y la denuncia de la “traición a la patria” reemergen como los instrumentos discursivos que buscan restaurar una homogeneidad cultural frente a las lógicas cosmopolitas de los derechos humanos y la pluralidad democrática.

La presente reflexión propone una lectura teórica integrada de ambas dimensiones —la soberanía como principio identitario y la civilidad liberal como horizonte normativo— con el fin de explorar cómo el debate sobre la nación y la modernidad se convierte en el núcleo de una nueva batalla por el sentido en la era global. La soberanía “sagrada” e inmodificable y la “traición a la patria” como etiqueta automática para la disidencia son categorías pensadas para otro mundo, constituido por Estados cerrados, sociedades homogéneas y guerras interestatales clásicas. Hoy, la teoría política, el derecho internacional y la filosofía política permiten desmontarlas y reubicarlas en su verdadero contexto histórico, sin negar el problema del poder externo, pero impidiendo que se usen como coartada para blindar tiranías.

La palabra “patria” ha sido secuestrada y la “soberanía” se ha vuelto un talismán que algunos agitan para exigir obediencia ciega. Mientras tanto, ocurre que la “traición” es una etiqueta que se pega sobre todo aquel que se atreve a decir que el rey va desnudo. Ese lenguaje no describe el mundo en que se vive en este momento, describe el mundo para el que fueron diseñadas las monarquías absolutas y los nacionalismos del siglo XIX. Hoy, en un mundo digital, conducido por el imperativo de ela IA, seguir usándolo como si fuera incuestionable, es una forma de sumisión intelectual, o de una pereza mental patética.

La soberanía mutó desde de ser considerada un escudo del monarca, hasta la responsabilidad ante las personas. La teoría política moderna nació obsesionada con el problema del orden, en cómo evitar la guerra civil, cómo consolidar el Estado, cómo centralizar la fuerza. Bodin, Hobbes y sus herederos imaginaron una soberanía “absoluta, indivisible, exclusiva”. Un poder que no reconoce superior en lo interno ni en lo externo. Ese concepto sirvió para quebrar el poder de señores feudales, iglesias y ciudades libres, pero su vez generó un costo muy alto. Convirtió al Estado, en una especie de dios terrestre, al que se le debía fidelidad incondicional.

Esa arquitectura teórica ha sido profundamente corregida. El siglo XX no es solo el siglo de las guerras mundiales; es también el siglo en el que se codifica algo radical: ningún gobierno tiene licencia para aniquilar a su pueblo detrás del argumento de la “soberanía interna”. El derecho internacional introduce límites materiales a la soberanía, el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, tortura y desaparición forzada son fronteras infranqueables, incluso para un poder democráticamente elegido.

Cuando un régimen invoca “soberanía” para blindarse frente a acusaciones de ejecuciones extrajudiciales, torturas, hambrunas inducidas o destrucción deliberada del Estado de derecho, no está defendiendo la soberanía en sentido contemporáneo. Está invocando una versión arcaica, pensada para proteger tronos, no vidas humanas. En el orden jurídico actual, soberanía no significa “hago lo que quiero dentro de mis fronteras”, sino “soy responsable de garantizar derechos y de responder ante la comunidad internacional, si falto gravemente a ese deber”.

La nación, el pueblo, la patria son parte del mito homogéneo que se opone a la pluralidad de ciudadanos. Estas palabras “nación” y “patria” son poderosas porque tocan emociones profundas, afectos primarios, pertenencias, memorias. Pero la filosofía política y la sociología han mostrado que no son esencias eternas, sino que representan “construcciones históricas”, relatos compartidos que pueden usarse tanto para la........

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