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Más exigencia, menos postureo educativo

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Estudiantes en un aula

Hay una idea que se repite cada vez con más frecuencia en educación y que, cuanto más se escucha, más parece que desplaza a lo esencial. La escuela, dicen, debe hacer felices a los alumnos. Debe formar personas resilientes, motivadas, emocionalmente equilibradas. Todo eso suena bien. Nadie podría estar en contra. El problema es cuando eso sustituye a lo que realmente define a la educación.

Porque la escuela no es un espacio neutro. No es un lugar al que se va simplemente a "crecer" en un sentido difuso. Es, o debería ser, el sitio donde se accede a conocimientos que de otra manera serían muy difíciles de adquirir. Matemáticas, lengua, historia, ciencia. Contenidos exigentes, a veces incómodos, que requieren esfuerzo, atención y tiempo. Y eso no es negociable.

Desde un punto de vista casi físico, aprender implica trabajo. El cerebro no incorpora información compleja sin coste. Estudiar, comprender, equivocarse, volver a intentar… todo eso deja huella porque exige un esfuerzo cognitivo real. No hay atajos. No los ha habido nunca. Sin embargo, en los últimos años parece haberse instalado una cierta desconfianza hacia esa idea. Como si exigir fuera contraproducente. Como si el esfuerzo generara rechazo. Como si el conocimiento, en sí mismo, hubiera pasado a un segundo plano frente a conceptos más difusos y difíciles de medir.

Y ahí es donde conviene pararse un momento. Porque cuando la escuela rebaja su exigencia en nombre de una supuesta comodidad emocional, no está ayudando a los alumnos. Está haciendo justo lo contrario. Les priva de herramientas. De lenguaje. De capacidad de análisis. En definitiva, les limita.

Esto se ve con especial claridad en contextos donde el entorno familiar no puede suplir esas carencias. El llamado capital cultural, esa mezcla de hábitos, conocimientos y referencias que permite entender el mundo con más profundidad, no se reparte de forma equitativa. Hay alumnos que lo traen de casa. Otros no. Y para estos últimos, la escuela lo es todo.

Si la escuela renuncia a transmitir conocimiento sólido, si se convierte en un espacio amable pero vacío de contenido, la desigualdad no desaparece. Se agranda. Porque quienes tienen recursos fuera seguirán avanzando, y quienes dependen exclusivamente del aula se quedarán atrás.

No es una cuestión ideológica. Es casi una cuestión de estructura. El papel del docente, en este contexto, tampoco debería desdibujarse. No es un animador, ni un acompañante pasivo, ni un coach. Es alguien que domina una materia y que tiene la responsabilidad de hacerla accesible, comprensible y, en la medida de lo posible, interesante. A veces lo conseguirá mejor. Otras peor. Pero su función principal sigue siendo esa. Transmitir conocimiento. Eso no está reñido con educar en valores, ni con generar un buen clima en el aula, ni con preocuparse por el bienestar de los alumnos. Faltaría más. Pero conviene no confundir los planos. Una cosa es acompañar y otra sustituir el contenido por sensaciones. Porque al final hay una pregunta que merece la pena hacerse.

¿Para qué existe la escuela?

Si la respuesta es que existe para que los alumnos estén cómodos, probablemente estamos equivocándonos.

Si la respuesta es que existe para que aprendan, incluso cuando eso cuesta, entonces tiene sentido exigir, estructurar, evaluar y, sí, también frustrar en ocasiones.

No todo en la vida es inmediato. No todo es fácil. Y quizá una de las funciones más honestas de la educación sea precisamente esa. Enseñar que entender algo complejo lleva tiempo, que equivocarse forma parte del proceso y que el conocimiento, cuando se alcanza, tiene un valor que va mucho más allá de cualquier consigna vacía. No es una idea especialmente moderna. Pero sigue siendo, probablemente, la más necesaria.

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