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Los debates de nunca acabar

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08.03.2026

El candidato de Vox, Carlos Pollán, el del PP, Alfonso Fernández Mañueco, y el socialista, Carlos Martínez, antes antes del primer debate de las elecciones autonómicas en Castilla y León. / Claudia Alba / Europa Press

Lo bueno que tienen los debates electorales es que no se acaban nunca. Duran más que un pantalón de pana de los de antes, de aquellos que iban llenos de remiendos. Y no se acaban nunca porque, nada más apagarse los focos, ya se debate sobre quien ganó, quien perdió, quienes empataron. O sea que se debate en torno al debate como si fuera lo vital. Y a mí, más que proclamar vencedores, vencidos y mediopensionistas, me interesa saber si va a mejorar la ciudadanía, la vida de la gente, o si todo va a seguir igual o a empeorar. Claro que, a la vista de la situación mundial y mal parodiando a Lorca, podríamos recitar eso de “Pero yo ya no soy yo/ ni mi casa es ya mi casa”; es decir que por mucho que discutamos aquí de nuestros problemas domésticos, el futuro más inmediato se está ventilando a muchos kilómetros de distancia, allá donde están cayendo bombas y más bombas, donde se ha cerrado el estrecho de Ormuz, clave en el tráfico de petróleo, y donde la guerra, no declarada pero real, está apuñalando a la economía mundial.

Estoy convencido de que muchos de ustedes estuvieron el jueves más pendientes de las noticias que llegaban de Teherán, Israel y Estados Unidos que de las discusiones, cortas, educadas y sosas, entre los tres principales candidatos a la Presidencia de la Junta de Castilla y León. Cuando el planeta entra en guerra, yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. El porvenir se juega más fuera que dentro. Un capricho o una pataleta de Trump pesan más que cualquier iniciativa que ofrezca Mañueco. Una obsesión de Netanyahu cuenta más que los programas que ponga sobre la mesa Carlos Martínez. Una mayor radicalización y sed de venganza de los ayatolás persas puede dejar en meras elucubraciones y brindis al sol los sesudos análisis de Abascal y de su profeta en esta tierra, Carlos Pollán.

Conviene tener todo esto en cuenta, especialmente para que nadie nos venda burras cojas o llenas de matalones. Y también advertir que unos y otros están llevando el conflicto a un terreno muy peligroso hasta convertirlo en guerra de religión. Trump y sus acólitos piden a su Dios que les ayude a ganar la guerra; en Irán invocan a Alá para lo mismo y en Israel rezan para que Jehová guíe sus misiles. ¿A quién de ellos harán caso las Alturas? Y si atendieran a los tres, ¿tendríamos muerte y destrucción hasta que San Juan baje el dedo, que decía mi abuela? Y si venciera uno, ¿querría decir que el Ser Supremo de Trump es más poderoso que Alá? Parece que vuelven las cruzadas medievales y eso que estamos en el siglo XXI (o eso marca el almanaque).

Volvamos a los debates de andar por casa. Los expertos aseguran que no ganó nadie. Y resaltan que ninguno de los aspirantes cometió errores graves. Da la impresión de que eso es lo que único que realmente importa, sobre todo al enjambre de asesores y mariachis que suelen acompañar a los líderes políticos. Bien; no hubo errores, pero ¿hubo aciertos?, ¿hubo algo destacable que hiciera levantarse de sus asientos a los espectadores? De acuerdo, ninguno de los tres es Emilio Castelar, ni Felipe González, ni Fraga, ni siquiera Gabriel Rufián, que tiene un pico de oro, pero, hombre, algo más de empuje, de garra, de ganas de pelea dialéctica. Ya sé que el formato encorseta mucho, agarrota e impide la espontaneidad sobrevenida; sin embargo, deja margen para la argumentación, para la réplica precisa e irónica (eché en falta algo de sentido de humor), para la buena oratoria. Ni siquiera en los minutos de introducción y cierre se soltaron el pelo los intervinientes. Les vi demasiado tensos, excesivamente preocupados por lanzar eslóganes y, en el caso de Mañueco y Pollán, de meter a Pedro Sánchez, aunque fuera con calzador, en las discusiones.

Esperemos que en el debate del martes, esta vez en la tele regional, haya más mordiente, más propuestas, más programa realizable. Y esperemos que la guerra de Oriente Próximo haya finalizado. Si continúa, lo de aquí pasará, desgraciadamente, a segundo plano.

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