Los sonidos de la calle
Àngels Barceló, de la Cadena SER
Leía el miércoles pasado que Ángels Barceló había confesado una verdad de Perogrullo: "La vida pasa en la calle, no en el estudio". Barceló es la reina de las mañanas radiofónicas con 3.405.000 oyentes diarios, superando en casi 900.000 al segundo competidor, Carlos Herrera, en Cope. Lo confieso públicamente: me atraen quienes practican un periodismo que conecta con la vida cotidiana de las personas, dándoles el protagonismo que se merecen. Por eso me gusta lo que ha dicho Barceló.
Yo también valoro a quienes pisan el barro de las calles y saben escuchar todos los sonidos, tanto los que llegan de las fiestas y las jaranas populares como los que proceden de los drones, los misiles y las bombas, aunque suenen a miles de kilómetros de distancia. Los sonidos de quienes aplauden, desde sus butacas, en las ceremonias de los Premios Goya o los Premios Óscar pero también los sonidos, muchas veces silenciosos, de niños y mujeres que simplemente reclaman que se les reconozca como ciudadanos del montón. Los sonidos y los lamentos de quienes piensan, escriben o cuentan historias de un modo diferente. Los sonidos de quienes lo único que les queda en esta vida es ser nada ni nadie porque otros (¿tal vez usted o yo?) impiden que puedan serlo de verdad.
Todos los sonidos —festivos, trágicos o silenciosos— merecen ser escuchados. Todas las realidades humanas han de ser conocidas, especialmente aquellas que permanecen ocultas por razones económicas, políticas o religiosas. Por eso admiro a quienes, desde sus atalayas (estudios de radio, platós de televisión o redacciones de prensa), nos invitan a reflexionar. Nos recuerdan la importancia de mirar y escuchar más allá de lo superficial y de reconocer las realidades invisibles. Siempre he defendido un periodismo humano y comprometido. La reivindicación de quienes no tienen voz nos atañe a todos, y jamás debemos olvidar nuestra responsabilidad colectiva ante quienes no pueden ser. Esta visión ética del periodismo sigue siendo imprescindible hoy, cuando a menudo predominan los contenidos superficiales. Desde esta humilde atalaya, apelo a la conciencia del lector: ser crítico, consciente y comprometido, capaz de mirar más allá de lo evidente y de no ignorar a quienes no tienen voz.
Yo no soy periodista, aunque este mundo me apasiona. Por distintas circunstancias de la vida, he pisado estudios de radio, platós de televisión y redacciones de periódicos nacionales, regionales y locales. Por eso escribo en este periódico desde hace 31 años y hablo de lo que ustedes ya conocen. Trato de consultar todos los soportes o fuentes que contienen datos para satisfacer necesidades de conocimiento o investigación. Incluyo libros, revistas, bases de datos, tesis, mapas, diccionarios, enciclopedias, material audiovisual y páginas web. Estos recursos son imprescindibles para conocernos y para que nos conozcan.
¿Pero para qué sirven si no hablan de lo que ocurre en la calle, en los hogares, en plazas públicas, en empresas y, en definitiva, en los diferentes escenarios de la vida cotidiana de las personas? La respuesta es sencilla: de nada. No basta con estar informados, hay que estar comprometidos. Por eso me ha gustado leer que Barceló se queda siempre con todo lo que pasa fuera del estudio. Porque para mirarnos el ombligo, ya lo hacemos habitualmente en casa o donde nadie nos ve. Aprendamos: aún estamos a tiempo.
Suscríbete para seguir leyendo
