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Callejeando por la Historia: Covadonga (II)

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16.04.2026

Había en el monte Auseva, en Covadonga, una cueva en lo más alto de las peñas, un refugio de alimañas o lugar de oración, tal vez, de algún anacoreta y en ella se instaló Pelayo con algunos de sus hombres. Mientras, el ejército musulmán que había entrado sin encontrar apenas resistencia en las gargantas que confinan Asturias y Santillana por el río Güeña, Cangas de Onís y otros valles avanzaba confiado en la poderosa fuerza de su brazo y sin más cuidado que cobrar la codiciada pieza cuanto antes. Lo comandaba Alchaman por orden expresa del virrey de Hispania Alahor, por aquel entonces en la Galia, y confiaba en una victoria rápida… ¡No sabía que sus movimientos eran observados con dedicación desde las alturas!

El general musulmán avanzaba tranquilo. Era cuestión de seguir el rastro de Pelayo y esperar, sin embargo, a medida que su ejército se adentraba en aquellos desfiladeros infernales con paredes que llegaban hasta el cielo y en los que apenas pasaban dos caballos a un tiempo comenzó a sentirse incómodo. Es verdad que no había motivos reales para alarmarse, pero le dio en pensar en el riesgo que corrían de modo que llamó a Don Opas, el obispo traidor que se vendió a los musulmanes por despecho al rey Rodrigo, y le expresó su voluntad de proponer a los rebeldes una rendición más o menos digna que acabase con aquella aventura.

Pelayo, por su parte, que seguía desde el principio la incursión de los sarracenos creyó llegado el momento. Según sus rastreadores se encontraban justo en el punto que él había estado esperando de modo que decidió actuar de inmediato. Se ajustó el casco con firmeza, cogió la espada, ordenó a su fiel le atase el escudo al pecho y con gesto fiero salió de la gruta animando a los suyos con grandes voces. Los peñascos acumulados durante los días previos comenzaron a caer, entonces, sobre los musulmanes de manera inmediata. Lo hicieron sin tregua durante toda la jornada entre una lluvia de saetas, dardos y otros tipos de armas arrojadizas y al llegar la noche eran cientos los cadáveres en el fondo de la cañada.

Según aquellos cronistas empeñados en hacer partícipes a las fuerzas divinas en las cosas de los hombres, la rotunda victoria fue posible porque Dios cegó a los musulmanes para su ruina y como muestra de su misericordia hacia quienes en Él confían, pero lo cierto es que si Pelayo y los suyos ganaron la batalla fue porque aguardaron el momento oportuno para caer sobre el ejército sarraceno y partirlo en dos.

Ante el descalabro, los mahometanos se retiraron. A toda prisa pasaron la cumbre del Auseva, el monte Amosa y las lóbregas gargantas del Cares hasta llegar al territorio de Liébana. Pensaban, caminando por la ribera del Deva, que estaban ya fuera de peligro cuando al pasar junto a una heredad que llamaban Casegadia una parte del monte Subiedes se vino abajo y sepultó lo que quedaba del fugitivo ejército. El Altísimo tampoco tuvo nada que ver en esta ocasión. Fueron, más bien, las intensas lluvias caídas por aquellos pagos las que provocaron el corrimiento de tierras y el consiguiente descalabro y de ello dieron testimonio durante mucho tiempo las sequías del río que, de tarde en tarde, dejaban al descubierto las armaduras sarracenas. Allí murió Alchaman y el traidor Don Oppas fue hecho prisionero. Corría el año 722 de nuestra era...

Vuelto Alahor de la Galia se propone acabar la obra que había empezado su antecesor Abdalacid y para ello ajusta los tributos que habían de pagar las ciudades y pueblos que riega el Ebro desde los Pirineos hasta la Celtiberia, pero esa es otra historia… ¡Tiempo habrá de contarla!

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