Callejeando por la Historia: Arrio
El rechazo a las innovaciones trinitarias del cristianismo venía de tiempo atrás, pero en el primer tercio del siglo IV cobra nuevos bríos de la mano de Arrio, un presbítero de origen africano que ejerce su ministerio en Alejandría, en la iglesia de Baucalis. Es un hombre refinado y culto, alto, huesudo y con cierto aire de asceta. Su discurso es vehemente y tan persuasivo que puede hacer atractiva cualquier idea por descabellada que parezca. Las mujeres le adoran.
Últimamente se muestra más nervioso que de costumbre, eso, al menos, dicen sus allegados. Está irascible y habla solo. Se mueve inquieto de un lado a otro de la pequeña celda en la que suele pasar horas enfrascado en la lectura de los textos bíblicos y su rostro refleja la angustia de un profundo debate interior. Aquella mañana no puede más y apenas entra en el templo estalla.
- "¡No es extraño que algunos nos acusen de politeístas!..."- grita fuera de sí ante un numeroso grupo de fieles entre los que se cuentan siete presbíteros, doce diáconos y más de setecientas vírgenes consagradas.
- "... ¡Tanto enredo! ¡Tanta confusión! ¿Pero, qué esperan? ¡A cuento de qué esa disquisición de un Dios y tres personas! ¡Qué locura es ésta!..."- continúa en tono amenazador y rojo de ira.
- "… ¡Qué pretenden! ¿Es que el obispo Alejandro y los otros están tan ciegos que no ven el lío que se está formando?"...
Arrio sostenía que el hijo de Dios había sido creado por Dios padre. Tenía, por tanto, un principio y consecuentemente no podía ser Dios. Basaba su tesis en determinados textos de los Proverbios y, según parece, en algunos otros como aquel pasaje del Evangelio según San Juan en el que el maestro dice a los suyos "… si me amarais os alegraríais de que vaya al padre, porque el padre es mayor que yo". Probablemente fuese así y en los Libros Sapienciales se encontrase el germen de sus ideas. O tal vez no, es difícil saberlo. En cualquier caso, de lo que no hay ninguna duda es de las consecuencias del enfrentamiento. La discusión sobre la relación del hijo con el padre dentro de la Santísima Trinidad se había convertido en una enconada controversia que dividía a los cristianos.
Por un lado estaban Arrio y el obispo Eusebio de Nicomedia que negaban la naturaleza divina de Cristo. Por otro, Alejandro, obispo de Alejandría, y su discípulo Atanasio; que defendían su doble condición divina y humana a un tiempo. Dos posturas claramente diferenciadas y sin posibilidad de acuerdo, ni siquiera de acercamiento. Por si esto no bastara estaban los Coliridianos, una especie de secta formada en su mayoría por mujeres que daba culto a la Virgen María como si de una diosa se tratara y que había dado en decir que qué tontería era aquella de un solo Dios y tres personas... "¡Son tres los dioses!" -proclaman por toda Arabia- "¡el padre, el hijo y la madre!".
El embrollo es tremendo. La disputa teológica traspasa fronteras y amenaza la estabilidad del imperio porque acerca peligrosamente la figura del hijo de Dios a Alá. Corría el año 325 de nuestra era. Urgía acabar con las divisiones y unificar de una vez por todas a los cristianos y es, entonces, cuando Constantino convoca un concilio.
Suscríbete para seguir leyendo
