Mujeres en mono azul, orgullo de clase
Instalaciones petrolíferas en Irán / Agencias
No tengo vida, por eso celebro que los demás la tengan. Por eso cuido y respeto el derecho de los demás a tenerla y nunca llamo ni dejo un mensaje pasadas las diez de la noche. Tampoco se me ocurre llamar o dejar un mensaje en fin de semana o durante los días de guardar.
Soy una estajanovista feliz, fiel seguidora del sistema de producción de los kibutz israelíes. En mi mundo ideal no hay lugar para empresas ni mega ni mini, tampoco familiares, sólo kibutz. Kibutz agrícolas, tecnológicos e industriales. Además de por supuesto, kibutz de castigo.
Unos kibutz de castigo, no prisiones ni campos de reeducación, en los que esos amiguitos del dulce far niente, de las inversiones en bolsa, del tiempo de los poetas y de las subvenciones por no hacer nada tendrían de ganarse el pan con el sudor de su frente como cualquier hijo de vecino.
Un sistema de kibutz, en el que siga primando el trabajo agotador y sacrificado, bajo la máxima marxista de contribuir cada cual según sus capacidades físicas y mentales y recibir en función de sus necesidades, junto a las necesarias labores autodefensivas y de asamblea comunitaria en la que decidir entre todos el rumbo a seguir.
Del modo de vida de los kibutz me gusta todo, salvo la fiesta. Eso de que me obliguen al cante y baile después de otra agotadora jornada de faena no lo llevo nada bien. Y es que me como fiel seguidora del pensamiento de la anarquista Emma Goldman, confieso que me repatea sólo cuando dice eso de que "si no se puede bailar, no es mi revolución".
Los humanos somos primates y yo nunca he visto a un mono bailar.
He escrito más arriba que no tengo vida y que respeto que los demás tengan una. Pero preferiría que la tuvieran después de haber cumplido con su jornada laboral. Porque, si el horario para donar sangre es de cuatro y media a ocho y media de la tarde, no me hace ninguna gracia salir de la nave deprisa y corriendo, cambiarme de ropa y conducir vulnerando los límites legales de velocidad de una carretera de ámbito local, para llegar a las ocho y veintitrés minutos y encontrarme con todo bien recogido.
No me hace gracia. Sobre todo, cuando la vez anterior tampoco pude donar. Porque en lugar de ponerme la vía en una vena, por error de principiante me la pusieron en una arteria. Y lo que es peor, me vi obligada a permanecer en el centro de salud de Villalpando hasta bien pasadas las nueve de la noche, haciendo ejercicios para paliar posibles daños en el brazo. Todo, mientras la responsable del desaguisado se comía un sándwich y miraba tranquila el móvil.
No me hace gracia que la gente se tome tan a la ligera su trabajo.
Por lo que cuando ando apurada, ya no pierdo el tiempo quitándome el mono azul de trabajo y voy a todos los sitios luciendo mi orgullo de clase. De ahí que un día en la panadería, un paisano compartiera con todos los allí presentes que nunca en su vida había visto a una mujer en mono azul de trabajo. A lo que otro vecino que también peinaba canas respondiera, "pues ésta no se lo quita".
Y a mucha honra. El mono azul de trabajo no es un uniforme, un disfraz ni una insignia, es un modo de entender el mundo al que obrero ha renunciado buscando ese socialismo de yates y gambas al que aludía hace algunas semanas el humorista andaluz Manu Sánchez en el programa Lo de Évole.
Se reían presentador y personaje invitado, pese a que maldita la gracia que tiene el asunto. Ambos tienen hijos que van a heredar un planeta devastado por la emergencia climática. Ambos saben que un socialismo en el que todo el mundo tenga yate y coma gambas, le sangre la úlcera a la derecha ganadora de las elecciones regionales en CyL que los obreros tengan yate y coman gambas o no, es empíricamente inviable. Los límites físicos planetarios no pueden soportar ni siquiera el modo de vida de ese uno por ciento de ricos riquísimos que hay en mundo. No hay yates ni gambas para tanto aspirante a nuevo rico.
Como soy una aburrida de manual no le veo la gracia a Manu Sánchez. Pero sé que sus palabras reflejan la realidad. Basta con abrir los ojos. Una demencial realidad en la que el obrero no aspira a trabajar menos y vivir mejor, ser un pequeño burgués. El obrero ahora aspira a ser otra Georgina, sin oficio conocido salvo el de ejercer de mujer de futbolista famoso, moverse en avión privado, recauchutarse hasta parecer una muñeca hinchable y posar cada día con un bolso y unos zapatos diferentes.
Esta semana ha habido huelga general en el País Vasco, convocada por los sindicatos nacionalistas para solicitar un salario mínimo interprofesional de mil quinientos euros sólo para los trabajadores vascos. Parón que ha pasado sin pena ni gloria, porque los obreros vascos también aspiran a ese socialismo de yate y gambas que lleve al planeta al colapso.
Veo en la tele a uno de los piquetes informativos informando a la gerente de una tienda que no quiso sumarse sobre los motivos de la huelga. Le decía, literal: "Si sube el salario del obrero, este consumirá más". Para esto ha quedado la lucha por la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, para consumir más y más. Hasta que el planeta reviente.
Si es que la patada en el avispero de Oriente Medio no lo provoca antes.
Una guerra en Irán en la que cada jornada provoca nuevas alzas en el precio del petróleo y el gas. Una guerra en Irán, a la que hay que sumar el informe del año 2025 de la Agencia Internacional de la Energía que revela que el 80 por ciento de los pozos de petróleo y el 90 por ciento de los yacimientos de gas han alcanzado su pico productivo. Y que los nuevos pozos y yacimientos que se descubren no palian una demanda que supera la producción.
Una guerra en Irán, que, de prolongarse en el tiempo, no va a afectar a los ricos riquísimos, esos tienen los lomos bien cubiertos. Una guerra en Irán, que dará al traste con los sueños de grandeza de la clase obrera. Porque cuando se cierre el grifo, nuestro mundo dependiente enteramente del petróleo se irá al carajo, nosotros con él. Y como sucede en Cuba, no va a ser el comunismo el que nos lleve a la falta de combustible y al hambre, será el capitalismo. Será este insensato "socialismo de yates y gambas" que tanto desprecia los monos azules y el trabajo.
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