Algunas preguntas
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En pleno siglo XXI se repiten los mismos esquemas destructores de siglos precedentes. Parece que la especie humana no aprendiera nada. Da igual que haya habido una Segunda Guerra Mundial, una pandemia reciente o que nos invadan los extraterrestres el próximo verano. Todos los tiempos tienen sus dificultades. Pero los cristianos contamos con una carta magna para vencerlos conocida como "sermón del monte" o "bienaventuranzas".
La paz que nos trae Jesús nunca ha sido una paz barata, siempre es fruto de la cruz. Como dice el salmista: solo buscando a Dios revivirá nuestro corazón. Sin embargo, las nuevas antropologías no quieren reflejar lo que somos: seres necesitados de eternidad; es decir, somos hijos de Dios. Las "baratijas" con las que, día a día, pretenden anestesiarnos y el torbellino también diario de preocupaciones, ejercen tanta influencia en nosotros que llegamos a no percibir u olvidar la presencia de Dios.
En el fondo sabemos que solo su mirada nos fundamenta, consolida y pacifica. Pero somos un pueblo de dura cerviz y no siempre queremos detenernos para dejarnos mirar por él. Su mirada no nos ahorra problemas, pero nos recoloca y ayuda enormemente a saberlos sobrellevar con serenidad, entereza y esperanza.
Cuenta la santa de Ávila que, estando ella muy intranquila y preocupada con la reforma del Carmelo, el Señor Jesús le dijo: "Haz lo que es en ti y déjame tú hacer a mí y no te inquietes por nada". Solo una mística como ella puede revelarnos esa actitud clave que tanto seguimos necesitando: el equilibrio entre la responsabilidad personal y la confianza en Dios; sin obsesionarnos con los resultados.
¿Nos dejamos mirar por el resucitado suplicándole el don de la conversión? ¿Vamos pasando de "pecadores" a "pescadores" de hombres? ¿Son nuestras "ideologías" o es el Espíritu Santo quien nos va reorientando? ¿Pretendemos saborear la alegría y la esperanza del apóstol sin afrontar el sufrimiento en la labor pastoral o excluyendo la cruz de la misión? ¿Resulta más gratificante y popular alimentar una loable conciencia de pertenencia al terruño que esa otra más trascendental: la de ser "propiedad de Dios" y miembros de su pueblo santo? ¿Diálogo y escucha de una permanente fase antropológica en detrimento de una enérgica y explícita propuesta de Cristo? ¿Solo a las nuevas generaciones o también a quienes se han ido "de puntillas" e incluso a quienes pretenden ser "opositores"? Reconozcámoslo: nos da miedo el rechazo y la falta de respuestas. A veces buscamos más agradar, entretener y tapar agujeros. Pero nuestra labor es introducir a la persona en el misterio de Dios y nuestra enseñanza ha de ser la voz de Jesús resonando en ella.
Segunda Guerra Mundial
