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Caravaca de la Cruz: mirada por el ángel de la adolescencia

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03.04.2026

«El sol se queda quieto en las higueras y en los albaricoqueros y todo parece decir: no corras, no hace falta, no es necesario. Caravaca entera es una forma de confianza en la vida»

Cuando yo era niño, soñaba con ser ángel por un día o apenas unas horas. Era mi sueño favorito, ser uno de esos ángeles imposibles de contar que hay en el retablo barroco de la iglesia de la Concepción, ¡cuántas veces intentaría contarlos!, o uno de los dos ángeles en escorzo que sostienen con cordones granates las lámparas sobre ambos lados del altar del Santuario. Me embelesaba mirándolos. Eran tan hermosos y delicados para mí esos seres. Todos los ángeles de la iconografía cristiana lo son, tan perfectos y humanos que parecen encarnar de verdad el misterio y la custodia de lo bueno del mundo.

Ahora que soy mayor, a veces, al anochecer, cierro los ojos sentado en el sillón de mi casa y juego un poco a soñar que soy ingrávido y que estoy viendo Caravaca de la Cruz con la misma secreta emoción con que miraba entonces a esas criaturas dulces, una emoción que tal vez no sea solo mía, una emoción atávica, unánime, y siento y amo esta ciudad como si volase igual que un ángel sobre ella. La miro siempre con asombro y gratitud, como mira desde la cornisa de un rascacielos El ángel sobre el cielo de Berlín. La miro con el legítimo orgullo de sentir cómo es bella la tierra en donde naces. Hacer eso, mirar así, es un ejercicio de imaginación y ternura. Es como sostener en tus manos un cuenco lleno de algo muy claro y puro que tienes que entregar en un lugar sagrado sin que se derrame ni una gota.

Entonces, con los ojos cerrados comienzo a volar dentro de mi cabeza, exactamente igual que se vuela en los sueños o en los drones. Y desde arriba, esta ciudad se cierne sobre todos nosotros, es memoria celebrándose a sí misma. Veo a la gente. Veo a quienes regresan siempre, aunque se hayan ido lejos.........

© La Opinión de Murcia