Caravaca de la Cruz: mirada por el ángel de la adolescencia
«El sol se queda quieto en las higueras y en los albaricoqueros y todo parece decir: no corras, no hace falta, no es necesario. Caravaca entera es una forma de confianza en la vida»
Cuando yo era niño, soñaba con ser ángel por un día o apenas unas horas. Era mi sueño favorito, ser uno de esos ángeles imposibles de contar que hay en el retablo barroco de la iglesia de la Concepción, ¡cuántas veces intentaría contarlos!, o uno de los dos ángeles en escorzo que sostienen con cordones granates las lámparas sobre ambos lados del altar del Santuario. Me embelesaba mirándolos. Eran tan hermosos y delicados para mí esos seres. Todos los ángeles de la iconografía cristiana lo son, tan perfectos y humanos que parecen encarnar de verdad el misterio y la custodia de lo bueno del mundo.
Ahora que soy mayor, a veces, al anochecer, cierro los ojos sentado en el sillón de mi casa y juego un poco a soñar que soy ingrávido y que estoy viendo Caravaca de la Cruz con la misma secreta emoción con que miraba entonces a esas criaturas dulces, una emoción que tal vez no sea solo mía, una emoción atávica, unánime, y siento y amo esta ciudad como si volase igual que un ángel sobre ella. La miro siempre con asombro y gratitud, como mira desde la cornisa de un rascacielos El ángel sobre el cielo de Berlín. La miro con el legítimo orgullo de sentir cómo es bella la tierra en donde naces. Hacer eso, mirar así, es un ejercicio de imaginación y ternura. Es como sostener en tus manos un cuenco lleno de algo muy claro y puro que tienes que entregar en un lugar sagrado sin que se derrame ni una gota.
Entonces, con los ojos cerrados comienzo a volar dentro de mi cabeza, exactamente igual que se vuela en los sueños o en los drones. Y desde arriba, esta ciudad se cierne sobre todos nosotros, es memoria celebrándose a sí misma. Veo a la gente. Veo a quienes regresan siempre, aunque se hayan ido lejos. Veo a quienes nunca se marcharon y se sientan en los bancos del Camino del Huerto o la Glorieta a descansar o a besarse. Y no tienen prisa ni se quejan porque obedecen a una alegría heredada. Una alegría y belleza que está en todas las cosas genuinas de esta tierra.
Luego, vuelo aún más bajo y puedo hasta cruzar las paredes, y a lo mejor me detengo en una cocina donde hierve lento un caldo o en una conversación entre ancianos tranquilos al caer la tarde o en una mano tibia que señala el horizonte a la hora exacta de una puesta de sol y dice: «¡Mira, esa luz es el tiempo volviéndose dulzura!». Y hago como que soy de verdad ese ángel y me acerco al oído de ese muchacho triste recién salido de la adolescencia que camina tranquilo al volver del instituto para susurrarle estas palabras: «Si alguna vez sientes que esta ciudad te acoge y sabe abrazarte, no te sorprendas. Somos muchos los seres que venimos aquí a mirar y a escuchar las campanas. Caravaca ya no necesita más grandeza: la posee toda y la ejerce. Es una ciudad que deja su luz siempre encendida en quienes la viven y visitan».
Y si fuese alguna vez ese ángel
Y si fuese alguna vez ese ángel auténtico, escribiría también mensajes de gigantes en el Cielo o me posaría en los alféizares de las ventanas viejas del casco antiguo o me quedaría a dormir en los patios olvidados a los que ya nadie entra y trataría de hacer con esa experiencia un libro que se salve de la muerte.
Le diría a alguien que viene destinado a un colegio o al hospital: «Siempre se llega a Caravaca como quien encuentra algo que no sabía que buscaba. Las calles de esta ciudad te aguardan, te emocionan. Caravaca entera es un sentimiento que permanece intacto para no romper nada y conservarlo todo. Es una ciudad bella y tranquila. El sol se queda quieto en las higueras y en los albaricoqueros y todo parece decir: no corras, no hace falta, no es necesario. Caravaca entera es una forma de confianza en la vida».
Entonces, con los ojos cerrados, volaría más alto jugando con el aire y con la gravedad y me pondría a mirar hacia abajo como si lo que viera fuera posible comprenderlo del todo y pensaría en cómo lo extraordinario puede habitar la realidad sin quebrarla. Y aún siendo ese ángel, me pondría a recordar mi infancia que se quedó escondida en los solares del Pasico, en los bancales con el panizo muy alto, en la era de Santa Inés y en los alrededores de la Balsa grande, en los senderos que suben a los montes y llevan al Secano donde mi padre sembraba la cebada. Y nunca más me sentiría solo, porque la memoria lo salva a uno siempre de la soledad absoluta. Nadie está solo del todo en la ciudad en que nace y ha pasado su infancia.
Y después hablaría con esos otros ángeles que vienen hasta aquí a mover las campanas de la iglesia de El Salvador. Eso creía yo de niño, que las campanas las volteaban siempre los ángeles, que existían para eso. Y a lo mejor uno de ellos me diría también a mí al oído: «No te inquietes porque seamos tantos. Aquí aprendemos a ser más eternos y más humanos. Aquí todavía el mundo conserva todo su encanto y todo su sentido. Aquí aprendemos el nombre de las cosas. Miramos con agradecimiento las acequias y las encinas del Copo. Aquí el agua se ve en su esplendor, hay muchos sitios para mirar el agua y meter las manos en ella, porque no se la han llevado nunca escondida en tubos como en otros lugares de la tierra. Y en los huertos reposa siempre una sabia humildad. Y vemos los campos verdes como una promesa repetida. Y los frutales inclinados por el peso del albaricoque o del melocotón. Y si viajamos hacia atrás en el tiempo, veríamos a los hombres que agramaron el cáñamo. Veríamos sus brazos, sus espaldas, el golpe repetido contra la fibra en la ‘agramaera’. Arrancar, separar, limpiar, agramar. Convertir lo áspero en útil, sembrar con fe, con tesón, con esperanza. Somos muchos los ángeles que hemos aprendido aquí a amar la tierra antes que el cielo. Y debes de saber que la verdadera naturaleza de este lugar no está sólo en lo que se ve, sino en lo que permanece, en esa suma de lealtades que hay en el espíritu de sus habitantes. Lealtad a una historia, a un paisaje y a unas tradiciones que han sido creadas para darle a la vida sentido y dignidad».
Y en medio de todo, las gentes
Pero Caravaca de la Cruz no solo se explicaría en las palabras imaginadas de un ángel así. Se explicaría en sus calles que guardan aún el peso de los siglos, en el estruendo y la seda de los días de mayo, en la gravedad humilde que alberga el interior de sus casas, en su santuario y en su Cruz que nos recuerdan cada día que esta ciudad siempre ha vivido mirando hacia algo más alto que ella misma. Y se explica también en la sombra fresca de los árboles del Copo y en los montes que se levantan a su alrededor, discretos y protectores, como si custodiaran el valle desde siempre. Montes sobrios donde la luz se vuelve dorada en el crepúsculo y el aire en verano huele a romero, a pino y a tierra caliente. Es un olor que no se olvida.
Y en medio de todo eso están las gentes. Hay en los caravaqueños una forma admirable de ambición fiel, una voluntad hermosa de cuidar lo que se ha heredado y de custodiar lo que se ama.
Caravaca tiene esa rara cualidad de los lugares auténticos que han encontrado una manera especial y secreta de atravesar los siglos sin perder su voz propia. Para mí, ser de Caravaca es llevar dentro una geografía de campanas y ángeles, de montañas y almendros, una geografía de devoción que no termina de irse nunca de uno mismo, como no se me ha ido ni olvidado ese sueño ascético de ser por unas horas el ángel que soñé cuando mi adolescencia.
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