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¡Qué desastre!

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30.01.2026

Imagen del padre del autor / L.O.

Mi padre fue un hombre de la huerta. Ser un hombre de la huerta no era solo un relato biográfico o una profesión, sino una manera limpia de estar en el mundo. La huerta te enseñaba antes que nadie, incluso antes que la escuela. Aprendías a mirar el cielo, a meter las manos en el agua, a oler la alhábega , a tratar con cuidado los insumos, a distinguir la tierra fértil de la tierra yerma o cansada. El tiempo entonces no se medía con relojes, sino en sombras, soles y cosechas. El día empezaba muy pronto y terminaba cuando el agotamiento vencía. El hombre de la huerta trabajaba sin épica ni rencor. No elogiaba el esfuerzo, simplemente lo hacía. La honradez no era solo una palabra, era una costumbre que sabían tener, a la manera de eso que dijo Borges sobre la muerte: «La muerte es una costumbre que los hombres sabemos tener». La honradez y la palabra dada se cumplían simplemente porque así eran las cosas.

El hombre de la huerta vivía expuesto al sol, al frío y a la lluvia. Sabía perder una cosecha sin blasfemar y comenzar de nuevo al día siguiente. Nunca esperaba aplausos ni alabanzas, solo que la tierra respondiera. Ser uno de aquellos hombres era aceptar que se pertenecía a algo más grande que ellos mismos: a la tierra, a los ciclos de la Naturaleza, a la familia, al paso lento de las estaciones. Y cuando uno de ellos moría, se iba también con él esa manera callada y sólida de sostener el mundo con los brazos.

Para mi padre entonces, el sol no era una amenaza ni una metáfora, era casi........

© La Opinión de Murcia