El niño de Verónicas
Interior de la drogería Montoro en la calle de Verónicas. / Archivo TLM
Traigo hoy a colación a un destacado miembro de la sociedad murciana de toda una época más o menos reciente. Sus miles de amigos no paran de preguntarse dónde está, dónde para Rufino Montoro Cuenca. El apolíneo y polifacético murciano que sembró de ilusión, alegría y honestidad con su imaginación, humor y caballerosidad, en un tiempo en el que Murcia despertaba a la modernidad.
Fueron aquellos días de vino y rosas, alejados de guerras y crisis económicas, de chanchullos y chorizos, cuando la vida discurría tranquila, sin sobresaltos. Fueron aquellas jornadas de mediados de los setenta cuando surgió la primera neotaberna murciana de manos de Rafael Párraga y José Ignacio Martínez Roldán con sus socios, animaba las noches de los jóvenes de aquí con el grato ambiente del Cheche House, frente a la Universidad de Murcia. Aún parece resonar el eco de los tubos de escape de la motocicleta Benelli 500 o la deportividad de Renault Copa TS, aparcado sobre la acera (entonces se podía aparcar) del bueno de Rufo. Fue en los tiempos en los que se dijo adiós a la Vespa y al 600 en una ciudad que mudaba la piel de un día para otro y en la que tuvo mucho que ver socialmente.
Todo debió de comenzar con un Rufo, alumno marista, y su primer triunfo en la vida: al conseguir el segundo premio nacional de literatura infantil, allá por los sesenta. Reclamado por la empresa familiar, creada por su padre, el recordado don Rufino Montoro Gil, Rufinín abandonó los estudios y comenzó su vida laboral a temprana edad. Sirvió a la Patria como voluntario en la Brigada Paracaidista —se comenta que era tal su deseo de saltar en paracaídas que quiso hacerlo cuando el Junker aún no había despegado—. Inolvidable fue para él el día que, como cabo de gastadores, encabezó la procesión de Nuestro Padre Jesús Nazareno en un luminoso Viernes Santo de hace mucho tiempo. Jugador de rugby, entrenador de los paracas en esa disciplina, jinete en el flamante Club Hípico en Torreguil, navegante intrépido a bordo del "Campanero III"... Rufino compaginaba el trabajo con la vida social, deportiva y cultural en la Murcia de finales del siglo pasado.
Rufino Montoro Cuenca en los noventa. / Archivo TLM
Confraternizó e hizo amistad con Manuel Fraga Iribarne, siendo cofundador en nuestra región de Alianza Popular junto a José Miguel Cascales, Francisco Ruano BañónRamón Ojeda y Ceferino Bañón. Llegó a ser candidato al Congreso de los Diputados en las segundas elecciones generales de la democracia.
Presidente del Casino de Murcia a mediados de los setenta; Rufino fue siempre un viajero incansable. En 1987 viaja al Portugal de Marcelo Caetano, estableciendo importantes lazos comerciales para la agricultura e industria murciana gracias a la habilidad y a la pasión que suscitó en la doctora Branquiño —una señora inquietante de moño alto y gafas negras, ministra de Agricultura de la nación hermana por aquellas fechas—.
En la memoria colectiva aún permanece su actividad en el campo de la comunicación. Inolvidable fue el programa de televisión Arriba y Abajo, presentado por nuestro protagonista en un alarde de profesionalidad. Programa grabado en directo desde el hotel "7 Coronas" que dirigía Juan Manuel Evangelista. Memorables fueron sus entrevistas en profundidad en el espacio En Zapatillas a José María Párraga, al alcalde José María Aroca o a un joven Tomás Fuertes.
No menos interesantes fueron, a lo largo de los años, sus intervenciones radiofónicas desde Onda Regional de Murcia, con su intervención en programas de gran aceptación como El Vermut o Calvos Egregios, que llenaron de humor e información social los mediodías y tardes de otros días.
Urbanita estival, todavía al pasear por la calle Pérez Casas parece escucharse la voz de Rufino Montoro interpretando románticas canciones de Frank Sinatra o Charles Aznavour, quizás llevado por la melancolía de la adolescencia, cuando absorto escuchaba a José María Galiana rasgar la guitarra y entonar baladas en el alberqueño Cine Montealegre.
Romántico empedernido que embelesó a Cicciolina y a Antonia Dell'Atte, en Niza, Marbella o Benidorm, entre otras muchas personalidades de la vida en rosa y la farándula.
El tiempo pasa raudo y he de decir que el Rufo de hoy desdeña la melancolía y se dedica, ya con el pelo cano, a la meditación en soledad y a la evocación de unos tiempos que, como todo en la vida, tienen su fin, a sabiendas de que quien tuvo, retuvo.
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