Leer no se impone, se contagia
Esta semana, en una de esas noches suspendidas en el tiempo —cuando la casa baja el volumen y el brío se repliega—, mi hijo mayor cerró su libro y se quedó un instante en silencio —como quien escucha todavía el eco de una historia— y de pronto, se puso en pie sobre la cama de un salto, empezó a reír, a cantar, a celebrar. Había terminado un libro. Otro más para su lista. La suya. Y yo, desde la orilla de ese momento, sentí una felicidad limpia, inesperada, casi desbordante.
Ocurrió, además, en torno a la celebración del Día del Libro, en una de esas pequeñas casualidades en la que los libros, discretos casi siempre, decidieran de pronto reclamar su peso y entidad en lo esencial.
También estos días entré en un aula de niños de seis años para hablarles de periódicos. Les hablé —o lo intenté— de la importancia de entender el mundo, de la necesidad de contar lo que ocurre, de la voz de quienes escriben. Pero pronto dejamos el sonido de las palabras grandes a un........
