Respeto animal
Punch, el pequeño macaco japonés abandonado al nacer en el zoológico . / Zoológico de Ichikawa / EFE
La felicidad que experimentamos depende, la mayor parte del tiempo, de los buenos momentos que pasamos juntos los que nos rodean . Y sí, hablo de esos animales que un buen día elegimos como mascotas, como compañeros de vida, sin tener en cuenta la imposibilidad que supone controlar el instinto salvaje que conlleva su comportamiento natural.
La convivencia con estos inmensos seres no deja de ser una simbiosis progresiva, cómo y cuánto se les quiere. Déjennos sentir que la tristeza por la muerte de un animal de compañía sea un proceso legítimo y no un signo de debilidad.
El antropomorfismo parece que está de moda, y nada más lejos que ‘humanizar’ a un animal es mi intención, pero de ahí a sacar provecho comparando sentimientos hay un trecho. Estos días se ha hecho viral la historia de Punch; Ikea no ha tardado en aprovechar el relato viral de un pequeño macaco rechazado por su madre en un zoológico japonés que se aferraba a un peluche de la marca para realizar una campaña de marketing emocional y acción solidaria, superando en un 200% las ventas .
Decían los Corintios : «Todo me es lícito; pero no todo conviene, todo me es lícito, pero no todo edifica». Depende de si la acción eleva la vida espiritual, beneficia al prójimo y glorifica a Dios.
La relación entre los seres humanos y los animales es compleja y a menudo paradójica, oscilando entre el uso utilitario y el respeto absoluto; Gandhi lo resumió maravillosamente : «La grandeza de una nación y su progreso moral se pueden juzgar por el trato que reciben sus animales». Así que, ya que nos está permitido cebarlos mediante alimentación intensiva, separar a las madres de sus crías, cazarlos como deporte, seleccionarlos genéticamente para conseguir razas bonitas —puesto que son propiedad— o experimentar con ellos en laboratorios, déjennos llorar a nuestras mascotas como si de un familiar se tratase, sin decirnos «es sólo un gato».
¿Saben algo? «Hoy, nuestra casa está sumida en un silencio que pesa, la verdadera y aplastante ausencia de la vibración que sostenía los cimientos de este lugar, porque mientras ellos ronronean el mundo es más soportable».
Dedicado a Anabel Franco y a todos los que, triste y recientemente, han perdido a sus mascotas.
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