Amenazas
Donald Trump, en una foto de julio de 2025. / Andrew Leyden
Un tipo, quizás ni siquiera un tipo, sino un tipejo, que es el grado ínfimo y despreciable al que seguramente ni alcance, amenaza de pronto con "destruir toda una civilización". Y el mundo, entre tanto, está absorto mirando a la luna. "Mientras se amenaza, descansa el amenazador", nos dejó dicho Cervantes, y como siempre tenía razón. La amenaza es una manera de tomar aire cuando falta. Pero no debemos, por eso, desestimarla. Estamos ante un peligro que va más allá de la bravuconada, un peligro que compromete seriamente nuestro futuro.
Destruir una civilización es destruir toda civilización. Hace tiempo que se viene barruntando el fin, que cada vez resulta más patente que vivimos la etapa terminal de un sistema, el brutal sistema que se basa, esencialmente, en la explotación sin control de los recursos naturales y en la explotación sin control del hombre por el hombre. Esto no da más de sí, pero la agonía no va a ser agradable ni corta y nos va a tocar vivirla. Probablemente sea inapelable ese axioma según el cual nunca nadie vivió buenos tiempos.
Destruir una civilización, así, como quien apaga una luz, como quien echa una persiana porque el sol brilla demasiado. Destruir una cultura, una forma de vida, una población, y quedarse tan tranquilo, serenamente, bailando con los antebrazos, que es como me imagino yo que debían bailar los tiranosaurios, en el hipotético caso de que bailasen.
Destruir una civilización que abarca más de 2.500 años, una que escribió sus leyes en verso, un imperio multicultural, famoso por su tolerancia y su administración eficiente, que alcanzó a convertirse en una de las primeras superpotencias mundiales, expandiéndose desde Egipto hasta el Indo.
Persépolis, Babilonia, Nínive, el Ganges… Batallas como las de Maratón y las Termópilas… Las tierras sobre las que galoparon Ciro, Alejandro, Darío, las tierras donde, acaso, alguna vez pastó Gugalanna, el Gran Toro del Cielo, antes de enfrentarse a muerte con Gilgamesh. El país de la princesa Airisa, que llevó como dote un tulipán de oro que germinó en sus manos, y ella, elegante y humilde, por no darle muerte tuvo la paciencia de tener siempre las manos juntas… La historia del mundo sería muy diferente sin la civilización que ahora, de un golpe, Trump pretende destruir sin el más mínimo remordimiento con la dirección de ese otro criminal, Netanyahu, y la tímida protesta del resto del mundo.
Destruir una civilización y con ella la historia, la cultura, las voces que evocan tiempos de héroes y dioses, de hermosas princesas pacientes. Nada de eso importa a los nuevos dueños del mundo, atentos solo a lo rentable.
Destruir en una noche la civilización y luego no hacer nada, excepto caja.
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