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Escatologías diversas

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09.04.2026

Escatologías diversas

Siempre me ha fascinado una homonimia curiosa, quizás la más curiosa de todas las homonimias. Escatología. Una parte de la teología que trata de los últimos momentos, de la muerte, del «destino de las almas». Y también escatología como estudio de las heces o como conversación sobre las deposiciones corporales. Es decir, la vida eterna y la caca y el pipí. Todo procede del griego, como es habitual: éschatos es último, mientras que skátos es mierda. Pequeñas variaciones ortográficas que desembocan en una sola palabra que designa a la vez la espiritualidad del más allá y el prosaico ir de cuerpo.

Esto es lo que vivimos estos días de emociones especiales y espaciales. Entre la trascendencia y el váter. Cuando Artemis 2 estaba a 99.900 millas de la Tierra, el domingo de Pascua, el tripulante Victor Glover afirmó con la ampulosidad propia de estos momentos que «en todo ese vacío, en este universo que es un montón de nada, tenemos un oasis, un lugar precioso donde podemos existir juntos». Quizás se refería a las estrecheces de la nave, pero creo que se soltó por la pendiente del sentimentalismo universal, porque justo después añadió: «Independientemente de la cultura o de si crees o no en Dios, esta es una oportunidad para recordar dónde estamos, quiénes somos, que somos lo mismo y esto lo tenemos que superar juntos». No queda claro si se refería a algún conflicto en concreto o si hablaba de la deriva terrícola en general, pero el hecho es que la mayoría de astronautas, cuando están ahí arriba, se dejan llevar por este tipo de reflexiones místicas y grandilocuentes. Sin ir más lejos, ese famoso «gran paso para la humanidad» que pronunció Neil Armstrong después de la primera y humilde huella en la Luna. O los mensajes de la astronauta italiana Samantha Cristoforetti, que vivió varios meses en la Estación Espacial Internacional (EEI). En plena pandemia, recordando la figura de Michael Collins, el piloto que permaneció solo en el Apolo 11 mientras sus compañeros iban de excursión al Mar de la Tranquilidad, dijo: «Vivimos un punto muerto histórico». Haber estado en el espacio sideral, llegar a la distancia más lejana de la Tierra que nunca ha recorrido un ser humano, te transforma en poeta visionario.

Pero resulta que todos estos, hombres y mujeres, en el espacio sideral también hacen caca y pipí. A diferencia de la EEI (donde la orina se recicla y se convierte en agua potable), en el Artemis 2, la succión del líquido (un embudo que lo chupa hacia un tanque de almacenamiento) forma parte de un mecanismo en el que también interviene el control de las evacuaciones sólidas. Un inodoro, pues, que recibe el nombre de Sistema Universal de Gestión de Residuos y que, según Jeremy Hansen, el canadiense, «es el único lugar donde podemos sentirnos solos, aunque sea un momento». Este inodoro se averió, como sabemos. Lo desatascó Christina Koch, fontanera improvisada. Soy partidario de pedir a la NASA que enseñen con detalle la lluvia dorada que se esparce a través del espacio. Entonces sí, entonces, podremos divagar sobre escatologías diversas.

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