La mirada de Medusa
'La riña', Francisco de Goya (1820-1823)
En la Vista del incendio de Sodoma y Gomorra Joachim Patinir muestra un paisaje nocturno con la tierra y el cielo dominados por una oscuridad amenazante. Todo lo rompe el estallido de color rojo provocado por los incendios. Una luz espectral permite ver la silueta de edificios en llamas; lenguas incandescentes y columnas de humo se elevan hasta el cielo. Las murallas de la ciudad se revelan inútiles ante la lluvia de fuego, a través sus puertas huyen columnas de refugiados, no lo suficientemente a prisa como para salvarse. Un paisaje rocoso oculta a un grupo reducido que milagrosamente ha dejado atrás la ciudad convertida en cementerio. Si observamos con atención descubriremos también una figura humana. Estaría envuelta en tinieblas de no ser porque devuelve la luz de los incendios, parece blanca, muy blanca, como si fuera toda ella de sal.
Las espesas columnas de humo provocadas por incendios sobre los depósitos de carburante, sobre refinerías e infraestructuras críticas han hurtado con sombras su luz al día. El combustible derramado, que se filtra por la red de desagües y alcantarillas, de repente estalla. Y ríos de llamas, lenguas de fuego, como coladas de lava, abrasan las tripas de la ciudad. Ha empezado a llover. El vapor de agua, al condensarse, ha atraído las partículas contaminantes que flotan en el aire. La lluvia se ha vuelto negra. La muerte está en el cielo, sobre la tierra y bajo la tierra.
El honor de los ladrones
Monipodio es cabeza de los negocios ilegales que se desarrollan en Sevilla, Cervantes nos cuenta su maravillosa historia dentro de sus Novelas Ejemplares. Bajo la protección de este amo del crimen han caído dos pícaros, hasta entonces desamparados, sin oficio ni beneficio, llamados Rinconete y Cortadillo. A nadie se le oculta la naturaleza oscura de los medios con los que han de ganarse la vida. Robos, raptos, extorsiones, estupros son cosa del día a día, y no es cuestión de escandalizarse ni tener escrúpulos, que eso es cosa de mojigatos y de hipócritas. Sabed bien que Monipodio no sólo es una rey, es también un rey sabio, un rey filósofo. Y conoce de sobra que un principio de justicia universal rige las relaciones humanas y los hilos que gobiernan la gran fábrica del mundo, los movimientos de las estrellas y el curso de las estaciones. Hasta los hombres infames, al margen de la ley, deben cumplir sus propios pactos, repartir el botín de acuerdo con una proporcionalidad mutuamente consensuada, respetar los acuerdos y fortalecer las contraprestaciones y obligaciones que sustentan tanto cualquier orden social, como la peor comunidad de bandoleros y hampones. Los antiguos griegos sabían que la diosa de la Justicia también tenía su altar entre los ladrones, y que sin él, se matarían entre sí.
En nuestros días una raza fría, de acero, ha proliferado como perturbadora flor de invierno en las hermosas regiones donde se levantan nuestros hogares. El manto blanco de la intolerancia cubre los tejados y anuncia el golpe de una poderosa ola de frío. Grupos de hijos pródigos, antaño malditos, comienzan a regresar a las capitales de nuestras metrópolis imperiales, y lo hacen no sólo al ritmo de extintas marchas nacionales, sino al son de tambores extranjeros. Están cantando un cántico nuevo. Es la sinfonía del Nuevo Mundo, que se apoya en el espejismo de la fuerza como única ley. Prebostes hay ya que levantan rápidamente, y de manera solemne, la partida de defunción del mundo de ayer, y con él de las antiguas normas, de complejos equilibrios o consensos. Al hacerlo, pretenden borrar más de dos milenios pensamiento.
Cuando quiero ver el pasado abro las páginas de Génesis, el hermoso libro fotográfico emanado del genio de Sebastiâo Salgado. Allí aparece un planeta aún intacto, a salvo de nosotros, los hombres; una naturaleza sin mancha, sin heridas ni cicatrices. El mundo inmediatamente después de la Creación. Un canto a la belleza.
Cuando quiero ver las amenazas sombrías del futuro abro Fukushima, obra de Rebecca Bathory. Son las modernas lamentaciones de Jeremías. Me adentro errante por entre los restos de un mundo recién fallecido; oficinas y aulas desiertas, ropas abandonadas en sus percheros , templos a los que nadie acude, un mundo transparentemente vacío que sólo alberga aire y radiación.
'La riña', Francisco de Goya (1820-1823) / L. O.
Muchos vendrán para decir «seguidme» y arrastrarán a millares detrás de sí con un simple gesto de su espada, y llenarán los valles de cadáveres hasta colmatarlos. Caerán las estrellas del cielo, el mundo de los astros se perturbará. Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambres y pestilencias. No será aún el fin, sino el comienzo de todas las penas. Cielo y tierra pasarán.
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