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Bajo las aguas hay catedrales sumergidas

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21.03.2026

El escultor ciego, por José Ribera, 1632. / Museo del Prado

La isla de los lotófagos

Cuando Ulises desembarcó en aquella isla, recibió relatos inquietantes de los miembros de su tripulación que habían sido los primeros en ir de avanzada. La isla estaba habitada, de eso no había duda alguna. Su aspecto era agradable, buena costa en la que un barco podía ponerse a buen recaudo durante los temporales; puntos de agua dulce y vegetación, lo que hacía pensar que sus tierras fueran feraces. Sus habitantes no habían levantado más que unas pobres chozas, ni siquiera se habían movido cuando los extraños guerreros, supervivientes de más de diez años de guerra, desembarcaron. Nadie había ido a ofrecerles los dones de la hospitalidad, tampoco les habían atacado a traición para emboscarse después, y nadie había salido huyendo.

Los naturales de aquella región pasaban las horas a la sombra de ciertos árboles, de los cuales colgaban frutos que debían de ser extraordinariamente deliciosos, pues llevárselos a la boca y quedar invadidos por una aniquiladora felicidad era todo uno. Como el ir y venir de las olas del mar desgasta los poderosos acantilados, que en una concentrada labor de milenios quedan reducidos a la nada, así quedaba la mente sin........

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