Nadie se pertenece
En tiempos ya lejanos, al llegar la primavera acostumbraba a recibirla con un poema. Mucho después empecé a hacerlo dedicándole uno de estos billetes, y así estuve año tras año, hasta que esa costumbre también decayó. Las costumbres se cansan de sí mismas y eso hay que respetarlo. Ayer, al desayuno, estaba más oscuro de lo habitual, como si de pronto el mundo se hubiera entenebrecido, hasta que caí en la cuenta del ominoso cambio horario, que esta vez nos cogió desprevenidos. Puesto que eso mismo se puede hacer con la mente matutina, pillarla desprevenida antes de que se ponga a trabajar, permitiendo a veces que te tropieces con algún pez nocturno desorientado, me puse en modo pesca de ocasión y enganché esto, ciertamente algo desolado pero a la vez desalado de cursilería, para celebrar la primavera del otoñal que avanza hacia el invierno: los días van cayendo / conmigo dentro.
Pensé en la muerte como alivio incontables veces. Durante decenios fue constantemente. Veo ahora a aquel chico intenso del que desciende quien soy ahora. Estoy convencido de que el que llevaba mi cara no era él, en aquellos años. Estaba poseído —hasta dormido— por la angustia. Las depresiones crónicas son casos de posesión. Pasé y me quedé a vivir en el Infierno, en los espacios exteriores. Luego salí un día como ocurre todo lo importante en la vida: sin motivo. No tengo una bonita historia que contar. Esta chica que han matado ahora por eutanasia. Tenía la mirada prestada por el trauma que la poseía. Usurpando la persona verdadera que ella era y que, quizás, hubiese llegado a ser, parcialmente, algún día. Ella no podía buscarse a sí misma, pero un Sistema instalado en lo siniestro no puso interés en hacerlo. Los intereses son otros. El suicidio, solo o en compañía de otros, no es una decisión libre. Nadie en esa situación se pertenece.
Suscríbete para seguir leyendo
