¿Prohibir burka y niqab? Porque casi no quedan tabernas
Si para algo ha servido el último empujón autoritario de PP y Vox con su moción para que el Congreso apruebe la prohibición en público de algunos atuendos "islámicos" será para que los españoles, al menos los mínimamente preocupados por la política, aprendamos de una vez las diferencias entre burka, niqab, chador e hiyab. Esos atavíos vienen siendo denostados tiempo ha por los guardianes de las tradiciones ancestrales españolísimas, como antes lo fueron, por ejemplo, las patillas en hacha de los gitanos.
Claro que todo el mundo sabe que España no es un país racista, ni nunca lo ha sido, una falsedad comúnmente admitida por todos aquellos, muchísimos, acostumbrados a pronunciarse al estilo «cuñao» con la típica frase de «yo no soy racista, pero...». Al margen de estas obviedades para cualquiera que tenga los ojos y los oídos abiertos, la iniciativa conjunta del bloque ultraderechista en la Cámara Baja revela algunas cosas, entre ellas la zafiedad con que el principal partido opositor «compra» argumentos de los «Santiago y cierra España» con la vana ilusión de contrarrestar el ascenso electoral de estos.
Una de esas cosas plasmada por la propuesta parlamentaria común es que la dirigencia del PP no termina de aclararse con qué país es el que pretende gobernar en el futuro; cuanto antes, vaya. Como contó Jaime Ferrán en este periódico el otro día, en diciembre pasado el PP murciano se opuso firme y estentóreamente a la aprobación en la Asamblea de una moción similar a la que ahora han apoyado en la Carrera de San Jerónimo.
Y digo estentóreamente porque el portavoz Joaquín Segado, con la suficiencia —por no decir chulería— acusó a Vox de «convertir a cualquier mujer que lleva un velo en un problema de orden público», de pretender que «el poder político decida cómo debe vestir una mujer» e informó a los voxistas de que es «inexistente» el uso del burka en la Región y «un fenómeno muy minoritario» el del niqab. Argumentos correctísimos que podían haber sido pronunciados por cualquier sentado en la bancada izquierdista, aunque quizá al portavoz popular murciano, por cartagenero, no le guste la analogía.
La conclusión, y me voy a permitir extraerla a pesar de que de tan obvia sea casi simple, es que se ha pretendido crear un problema de la nada, por un lado, y, por otro, que la dirigencia feijóista se deja arrastrar con una facilidad pasmosa por los santiaguistas a cualquier posición ultra si con ello creen que pueden reequilibrar a su favor la balanza electoral dentro del campo derechista. Cosas ambas que no por viejas dejan de ser más peligrosas para la salud democrática del Estado español.
Llegados a lo peor, a uno le gustaría conocer las estadísticas de atracos a mano armada cometidos por personas camufladas bajo burka o nikab —preferentemente este porque se ve mucho mejor— en oficinas bancarias, gasolineras, grandes supermercados o estancos, por concretar ejemplos, convencido como está de que el Ministerio del Interior las guarda celosamente bajo siete llaves y otras tantas claves alfanuméricas en la caja fuerte particular de Grande-Marlaska.
Pues no hay otra manera sino a chacota de tomarse estas tonterías parlamentarias ultraderechistas, con la pena, eso sí, de ver al partido "moderado" convertirse y reafirmarse progresivamente —con perdón por el adjetivo— en la extrema derecha, comulgando con esas ruedas de molino dignas de cualquier tragaldabas ideológico con lengua espoleada por el vino en barra de bar, porque tabernas ya casi no quedan. Aunque parafascistas haya cada vez más.
Los dos partidos principales de la derecha están creando —unos premeditadamente, otros dejándose llevar— un insano caldo de cultivo xenófobo que se va extendiendo. Ahora son los burka y nikab. Luego vendrán chador e hiyab. ¿Qué será después? ¿La falda obligatoria por debajo de la rodilla o la manga recomendada por debajo del codo? Mientras tanto, los demás, más preocupados por no ponerse de acuerdo entre ellos que por otra cosa, van tendiendo alfombras rojas para que por ellas paseen ideas restrictivas de la libertad diseminadas por los vientos de Levante; es decir, los que llegan por la derecha de la brújula. Que son sólo unos de los nueve predominantes en el Mediterráneo.
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