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Alquiler compartido

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21.03.2026

José María, 27 años, administrativo en una empresa de transporte de fruta y verdura, se despierta el día de San José e inmediatamente recuerda que es su santo, y sonríe porque además es fiesta. Pero su pareja, Julita, no estaba allí para darle el primer achuchón y una felicitación en condiciones. Ella es cajera en un supermercado que abre hoy así que se verán luego, por la tarde, cuando acabe.

José María se levanta, se pone las gafas de ver y mira un almanaque de hojas muy grandes clavado en la pared encima de la mesilla de noche, donde hay escritos varios apuntes de distintos colores en cada día. Él y su novia comparten este piso de alquiler con otra pareja y la convivencia está perfectamente diseñada en ese almanaque. Esta solución del piso a medias con otros fue una opción muy pensada y hablada entre Julita y él. Lo cierto es que aquí pagan 450 euros por su mitad del piso y en el anterior donde vivían solos eran 735. Como su plan de vida futura está perfectamente diseñado para llegar a comprar una casa, y para ello han de conseguir ahorrar entre treinta y cuarenta mil euros, que es lo que les pide el banco para concederles una hipoteca, esta solución les eleva el ahorro mensual al doble, y tienen las cifras hechas. Con el plan económico que llevan actualmente, contando pagas extras y saliendo de fiesta una vez y media al mes, para dentro de 6 años, si los precios siguen como ahora, podrán dar la entrada y comprar un piso, aunque sea de tercera o cuarta mano.

El hombre, rascándose un pectoral por debajo del pijama y bostezando, fija su mirada en el almanaque y hace un gesto de decepción. Hoy le toca ducha por la noche. En la casa hay disponibles un baño y un aseo y la organización de estos servicios es como sigue: Cada día una pareja se ducha por la mañana y otra por la noche y al día siguiente cambia el turno. Si hay que hacer algún lavado de urgencia hay que llevarlo a cabo en el lavabo del aseo, eso sí, procediendo de inmediato a la limpieza a fondo de la pileta. También hay un acuerdo con respecto a los váteres. Los usan las parejas en meses alternos, cuarto de baño o cuarto de aseo según toque, y, salvo pequeños fallos, todo lo de los sanitarios funciona.

En cualquier caso, tampoco fue muy fácil conseguir este alquiler para el que, cuando salió la oferta en la inmobiliaria, se presentaron 33 parejas heterosexuales y 12 gais. Todos ellos fueron sometidos a un ‘casting’ muy profundo porque la dueña del piso, una señora viuda de dos maridos sucesivos, tenía un miedo total a la posibilidad de que los inquilinos pudieran no pagarle la mensualidad. En una primera criba se quitaron de en medio a todos los peticionarios que no tenían pura sangre española, incluidos dos médicos colombianos con trabajo en un hospital. En una segunda fase les negaron el piso a los gais por considerar que, a juicio de la viuda, estas parejas eran menos estables. Y así fueron dejando a gente en la estacada hasta que solo quedaron seis. José María y Julita consiguieron llegar a esta fase, a pesar de que no estar casados por la iglesia era un punto negativo.

Se salvaron porque resultó que ninguna de las seis finalistas lo estaba, así que pudieron entrar en la última selección y salieron elegidos porque ambos llevaban trabajando en las mismas empresas los últimos cinco años y eso era un signo de estabilidad que fue tomado muy en consideración por la viuda, por cierto, dueña de cinco pisos, bienes estos obtenidos con sus dos matrimonios y la herencia de su padre.

En general, la convivencia con los otros inquilinos no es muy problemática porque son mayores que ellos y, sobre todo la mujer, una dependienta de una tienda de ropa de segunda mano, es muy amable.

El marido trabaja de portero en una discoteca y, aunque tiene cincuenta años, se cuida mucho y habla poco. El contacto es mínimo.

Los cuatro sueñan con llegar a conseguir una casa propia, y están en ello. La situación la tienen asumida. Es ya algo habitual hoy en día. ¿Qué van a hacer?


© La Opinión de Murcia