Donde nació el mito
Villa Diodati en un grabado de William Purser. / L.O.
Ser padre me ha hecho incorporar a mi repertorio cultural una serie personajes del mundo infantil que, antes, me eran ajenos o lejanos. También me ha permitido volver a encontrarme con otros del mundo de mi infancia y redescubrirlos con los ojos maduros que el paso del tiempo suele otorgar. Por mi propio carácter, curioso e indagador, suelo investigar no sólo en las biografías de personajes históricos reales, sino también en personajes pertenecientes al mundo de la literatura, o del cómic, que han terminado formando parte del imaginario común de gran parte de nuestro mundo globalizado.
Suelo contar a mis alumnos cómo los míticos personajes de Supermán, 1938, y Batman, 1939, nacieron, en gran medida, como consecuencia de la caída de la bolsa de 1929, el conocido ‘crac del 29’. La necesidad de infundir confianza a una sociedad gravemente herida auspició el triunfo de esa nueva versión de los antiguos héroes griegos. Por la noche, cuando la ciudad dormía, era necesario que alguien velara por la protección de los ciudadanos norteamericanos, de esta forma el hombre-murciélago se convirtió en el complemento perfecto del volador hombre de Kripton.
Pero me gustaría que viajáramos hasta el origen de otros personajes -tremendamente icónicos-, que nacieron en el siglo XIX, envueltos por el contexto del desastre causado por un volcán y durante unas reuniones extrañas, enigmáticas y exclusivas. En 1815, gran parte del mundo vivió las funestas consecuencias de la erupción del volcán Tambora, en Indonesia. Esta explosión volcánica fue la más virulenta en el planeta en más de mil años, imagínense el escenario dantesco. Al ser liberadas inmensas cantidades de ceniza y azufre la temperatura global bajó, causando heladas y nevadas inusuales en pleno verano en gran parte del hemisferio norte. Las cosechas se perdieron y se padecieron, consecuentemente, grandes hambrunas. Los disturbios fueron frecuentes en lugares tan dispares como Francia, Alemania o China. El funesto año siguiente, 1816, ha pasado a la historia como ‘el año sin verano’, pues la densidad creada en la atmósfera impidió la normal entrada de los rayos solares. Se calcula que sesenta mil personas murieron de forma directa, noventa y dos mil lo hicieron por los efectos secundarios derivados de la infernal erupción.
Pues condicionados por este contexto sobrecogedor cinco personas coincidieron en el mes de junio en Suiza, en la villa Diodati (lugar culturalmente sagrado para muchos), cerca del lago de Ginebra. Durante varios días, el poeta romántico Lord Byron (que tenía alquilada la casa), la amante de éste: la poeta Claire Clairmont; el médico y escritor Jhon Polidori; y el futuro matrimonio formado por los literatos ingleses Mary Shelley y Percy Bysshe Shelley. Todos ellos jugaron a inventar historias de terror, historias para asustarse mutuamente al estar obligados a permanecer dentro de la casa por la situación exterior que se vivía. No creo que pudieran imaginar la tremenda trascendencia de su peculiar juego.
De esos tres intensos días nacerían dos de los mitos más importantes de la literatura gótica, del mundo del terror, posteriormente versionados y llevados, también, a la gran pantalla. La inventiva de Polidori dio lugar a su obra 'El Vampiro' (basada en leyendas de los Balcanes, por los que había viajado), antecedente de toda la literatura decimonónica sobre estos fantásticos seres que encontrará, en 1897, de la mano de Bram Stoker, su más conocido personaje: Drácula. Pero, posiblemente, de aquel memorable encuentro, lo más trascendente sea la creación del que muchos consideran uno de los primeros personajes de ciencia ficción: Frankenstein. Mary Shelley creó un personaje magistral de la novela gótica en el que confluían una serie de inquietudes latentes en la época. El poder de la electricidad para dar vida a cuerpos inertes era tema candente en la ciencia (el galvanismo). También estaba presente la idea de los avances científicos y sus posibles consecuencias éticas, algo que sigue totalmente vigente a día de hoy. La búsqueda, conmovedora, de aceptación social por parte del protagonista y la evidente pregunta: ¿quién es, en verdad, el monstruo? La novela se acercaba también hacia un tema conflictivo: el hombre que trata de ser como Dios. De ahí que la autora lo titulara 'Franskestein o el moderno Prometeo', en clara alusión al mito clásico en el que se roba el fuego del Olimpo.
Se cumplen, en este 2026, doscientos diez años de aquel mítico encuentro. Una ocasión magnífica no solo para recordar esta obra maestra de la literatura de terror y recomendar su lectura, sino para recordarnos a todos que el acto creativo se puede dar en todo momento, incluso en momentos duros o asfixiantes -siempre presentes, por desgracia, en cualquier momento de la Historia-. Cada personaje que nos rodea esconde una historia fabulosa, su conocimiento siempre nos enriquece, mejora y alumbra.
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