Hasta la Luna y más allá
Lanzar un cohete tripulado a la Luna y establecer una base permanente en nuestro satélite son dos de las propuestas que con más recurrencia aparecen en la literatura de ciencia ficción. Más allá de las fantasías de Verne y Meliés, la visión de una base lunar que aparece en 2001 Una Odisea del Espacio se parece mucho a los renders que ha presentado la Nasa con motivo del lanzamiento de la Artemis II y que constituirán la fase final de este proyecto al final de esta década. Al contrario que con la detección de vida extraterrestre (que de momento ha proporcionado una frustración tras otra) los avances para una posible colonización de nuestro satélite han sido enormes. Desde que el estadounidense Amstrong pisó por primera vez la Luna, solo hemos tenido buenas noticias en este sentido.
El mayor descubrimiento sin duda fue la existencia de agua. Hay fundadas sospechas de que existen grandes depósitos de agua congelada en los cráteres lunares del polo sur, envueltos en una oscuridad permanente. En todo caso, el propio material lunar contiene proporciones (mínimas, pero suficientes) de agua que se podría procesar con los mecanismos adecuados. También va por buen camino los avances tecnológicos que permitirían cultivos en la Luna, obviamente en entornos altamente controlados. Especulando más allá, la existencia de agua permitirá en un futuro la fabricación del combustible necesario para alcanzar otros destinos dentro del Sistema Solar, como Marte y diversas lunas con prometedoras conformaciones geológicas. En esos mundos ya hemos comprobado que existe agua en abundancia.
A los que confiábamos desde nuestra infancia, cuando asistimos embobados al primer alunizaje, que esto mismo ya hubiera sido una realidad a estas alturas del partido, esos cincuenta años sin viajes a la Luna se nos han hecho infinitamente largos. Como consuelo nos queda que la Humanidad ha dado pasos de gigante en las tecnologías necesarias para retomar esta gran aventura espacial con más seguridad y perspectivas de éxito. En mi caso, ya no confío en ver al primer hombre en Marte, pero confío en que lo vean mis hijos. Y ni siquiera me atrevo a soñar con lo que verán mis nietos.
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