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Pero ¿la gallina lo sabe?

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05.03.2026

Ilustración de Leonard Beard

Un conocido chiste entre psicoterapeutas cuenta que un paciente, aquejado del delirio de creerse un gusano, permanece ingresado por una larga temporada en un Centro Asistencial Especializado; recibiendo una amplia gama de los más eficaces tratamientos para su dolencia. Cuando el equipo profesional que le atiende se convence de su éxito terapéutico, el paciente consigue, por fin, el alta y las consecuentes felicitaciones. Sin embargo, al salir ve a una gallina picoteando tranquilamente en el césped circundante. Lo que hace que vuelva despavorido a atrincherarse y, ante la perpleja interrogación de sus interlocutores, exclame: «¡Sí, sí, yo estoy totalmente curado, ya sé que no soy un gusano, que soy un ser humano! Pero… ¿Lo sabe la gallina?».

Es lo que tiene el humor, que, usando las palabras como pértigas, roza apenas lo doloroso, lo inquietante e incluso lo siniestro para provocar la risa (o al menos la sonrisa) al señalar lo inadvertido. Eso que, de tan cercano y cotidiano, no se ve. De tan adherido, no se diferencia y, por tanto, no se percibe. Es inadvertido porque parece consustancial, como pura naturaleza. Algo así como, tan a menudo, inadvertida pasa la bestialidad del machismo, de lo impregnada que está en el aire que respiramos, todavía a estas alturas. Y eso que el feminismo viene señalándola, no con chistes, por desgracia, sino con la sangre, sudor y lágrimas de mujeres durante generaciones.

Imaginemos por un momento que quien se dispone a abandonar ese hipotético Centro Asistencial es una mujer que, víctima de violencia machista, ingresó para curar las lesiones físicas y las brechas psíquicas causadas por tal barbarie, y al salir, titubeante, plantee: «Sí, sí. Estoy bastante restablecida —imposible usar aquí el «curada»—, ya sé que no se me puede tratar como a un gusano, que soy un ser humano con dignidad y derechos. Pero… ¿Lo sabe el pollo pera?».

Podría ser Salma, protagonista del caso más reciente, espeluznante y local. El más murciano. Ya saben, sucedido aquí, en el mismo picoesquina, en S. José De la Vega: retenida en secuestro durante dos años por su violador y maltratador sistemático.

O alguna de las menores, víctimas de trata por parte de la tristemente famosa y casposa camarilla de empresarios murcianos, que tan bien parada salió de su enjuiciamiento criminal en septiembre de 2024. O si, traspasando los límites regionales y contemplando el aumento preocupante de casos en los últimos 24 meses (donde en 2024 se registraron 14 violaciones denunciadas al día, lo que equivaldría a una cada dos horas) nos resultara difícil elegir ante la magnitud de la ignominia. Podríamos pensar, quizás, en alguna de las víctimas de la modalidad de agresión por grupos de hombres, que a raíz del caso de La Manada de Pamplona en 2016, han proliferado como setas tras la lluvia, constatándose desde entonces 211 casos de agresiones sexuales múltiples en España.

También podría tratarse de una mujer que se haya atrevido a denunciar violación y acoso sexual, sobre todo si ha sucedido en entornos laborales o que inculpan a hombres famosos, ricos e influyentes.

Cualquiera de ellas, devastada, no solo por la agresión sufrida, sino también por la revictimización de no ser creída. De ser degradada, ninguneada y humillada por parte de las personas e instituciones a las que acudió en busca de amparo y justicia.

Así, desde una Elisa Mouliaá, denunciante de Íñigo Errejón, humillada hasta el infinito y más allá por el juez Carretero durante su comparecencia. Las trabajadoras del hogar acusadoras de Julio Iglesias. La víctima de Daniel Alves. La exconcejala víctima del alcalde de Móstoles, Manuel Bautista, que tanto nos recuerda al caso Nevenka por el ensañamiento a cargo de las altas instancias del PP, su propio partido en ambos casos. Hasta la agente de policía, querellada contra José Ángel González, jefe operativo de la policía nacional, por acoso sexual y violación.

A todas ellas, extorsionadas de mil maneras por figuras que supuestamente tendrían que apoyarlas, vituperadas en el barro de los circos mediáticos, se les manda el mensaje devastador: «A esto te expones si te atreves a chistar».

De modo que, en el supuesto que planteamos, cualquier conato de sonrisa quedaría congelado en un rictus amargo. Porque el pollo pera no es que no lo sepa, es que no se quiere dar por enterado, ni el gallo con espolón, ni la gallina clueca; cooperadora necesaria del cotarro. De hecho, todo el corral machista de la cultura de la violación presenta una resistencia recalcitrante al elemental conocimiento de que las mujeres somos seres humanos. Sujetos con dignidad y derechos inherentes. Igual que lo son los hombres. No somos gusanos, ni objetos, ni receptáculos de la ira y la frustración masculina.

No queda otra que insistir. Pronto, como cada 8 de marzo, volveremos a tomar las calles para proclamarlo a coro a los cuatro vientos.

Naturalmente que hay que atender a las víctimas de la ‘pandemia’ de la violencia de género. Procurarles los mejores cuidados, invertir recursos en la especialización. Sin olvidar ni por un momento que la amenaza sigue presente a la salida. A la salida de las que pueden salir, porque muchas no han tenido la oportunidad de un ingreso para su recuperación. Cuarenta y ocho en 2024. Cuarenta y seis en 2025. Diez en lo que va de 2026. Y un total histórico de más de 1350 desde que se empezaron a contabilizar oficialmente en 2003. Han ido directamente a la tumba, asesinadas por sus agresores, esos gallitos que confunden mujeres con gusanos.

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