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Los últimos de la fila

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La patria apareció aquella mañana en una sala de espera con olor a lejía, café requemado y derrota de martes. Una pantalla detenida desde hacía veinte minutos, una mujer abanicándose con una receta doblada, un hombre mirando las baldosas como si allí estuvieran la avería de la rodilla y la otra, más civil, que le había dejado este tiempo de consignas y teléfonos a gritos. Dos jubilados callaban con ese silencio masticado. En una esquina, una madre joven vigilaba a su hijo. El niño llevaba una mochila de dinosaurios y unas zapatillas luminosas. Cada salto encendía sobre el suelo gris una pequeña feria eléctrica, un relámpago limpio en mitad de la espera. Hablaba con su madre en otro idioma, con el murmullo de los recién llegados, de los que trabajan mucho y explican poco, de quienes saben que una mirada puede hacer de aduana por la que seguir pasando.

Alguien dijo: -Así no hay........

© La Opinión de Murcia