menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Torrente en acción

35 0
15.03.2026

Sánchez ensaya los efectos del ‘no a la guerra’ en las elecciones de hoy en Castilla y León. / Leonard Beard

A la misma hora del pasado viernes en que la última de Torrente repletaba los cines de España, sus personajes de carne y hueso intervenían en el cierre de las elecciones autonómicas de Castilla y León. Toda la plana. Y ofrecieron una réplica que no decepcionó de sus caricaturas. No es que todos los políticos sean iguales, pero la política en general ha quedado igualada por el populismo que cada político ejerce a su manera.

Las elecciones autonómicas, que antaño se celebraban todas en una misma fecha, con excepción de las "comunidades históricas", han sufrido una desescalada que siembra este 2026 de hitos electorales en que cada uno es un ensayo sobre el siguiente y todos sobre el gran choque de las generales.

De momento, todo resulta previsible: la derecha se impone, aunque dividida en dos bloques, uno de los cuales, Vox, utiliza tácticas que favorecen sus expectativas de crecimiento a costa de minar la identidad de la otra parte, el PP, llevando al extremo maniobras que tienen como resultado la ingobernabilidad. En cuanto a la izquierda, el PSOE se ve abocado a una huida hacia adelante con desprecio de que los malos resultados periféricos contengan señales sobre previsiones similares en la convocatoria central. Y respecto a sus apéndices, la persistencia en la desunión de las siglas, y más en regiones en que todas parten de la irrelevancia, no constituye lección alguna para superar los personalismos y la exhibición de sus banales rencillas.

Núñez Feijóo está pidiendo a gritos un cameo, como Rajoy, en la próxima de Torrente, en que podría hacer el papel de quien acude presto a las trampas que le colocan sus adversarios. De un lado, su descoloque ante el "no a la guerra" que le lanza Sánchez lo sitúa en el lugar esperado por este, a sabiendas de que el líder popular carece de registros para oponer una respuesta que exige una complejidad dialéctica fuera de su alcance, y de otro, no puede esconder su estupor ante las "provocaciones" de Abascal, quien lo exaspera con su estudiada estrategia de dilatar los acuerdos electorales sin los cuales sus triunfos en Extremadura y Aragón o el previsible en Castilla y León se convierten en papel mojado y le hacen exhibir una sensación de impotencia.

La irritabilidad de Feijóo ha convertido el tramo final de las elecciones de hoy en un pulso a dos bandas: contra el sanchismo, algo ya ritual, y contra la impasibilidad de Abascal, quien al verse interpelado por el líder popular refuerza aún más las causas de discordia con el PP que tan productivas le resultan para impulsar su crecimiento.

Abascal, imperturbable

Vox es el partido con más capacidad para llenar plazas, a la vista de los vídeos de campaña, es decir, el que a más gente moviliza, lo que hace prever un estirón importante en una región en que parecía disponer de menor margen que en otras para avanzar, dado que ya había obtenido un espectacular resultado en las anteriores elecciones. Como una subida leve le habría sabido a poco, ha echado toda la carne en el asador para que el 20% de respaldo no sea ya una meta a alcanzar, sino para dejar atrás. Y esto a pesar de que el candidato local, un tal Carlos Pollán, se ha mostrado especialmente endeble, cercano a la nulidad, tal vez porque responde al diseño de Abascal, en cuyo partido no quiere a líderes que destaquen sobre él; en ese sentido, los resultados en Castilla y León podrían tener también una lectura interna en , pues demostrarían que se basta y se sobra y es la pieza imprescindible en una organización unipersonal.

En realidad, dado que según todas las encuestas la derecha tiene asegurada la mayoría en un territorio abonado, ambos partidos, PP y Vox, han aparecido más concentrados en su rivalidad que en litigar con el PSOE, lo cual, sobre el papel, debiera ser ventajoso para este, que además presenta a un candidato compacto, con audiencia y sin las debilidades del imputado extremeño o de la delegada de Moncloa en Aragón.

Un apunte más sobre Vox. A diferencia del retrato que sufre, según las crónicas, en la película de Torrente, en que su masa crítica la constituyen los cayetanos, pijos madrileños y otros prototipos de descerebrados, Castilla y León puede ser la experiencia piloto más visual acerca de la naturaleza real del electorado de los abascales, que parece haber absorbido a sectores como el agrícola, el obrero, el lumpen y los jóvenes, ámbitos abandonados por la izquierda, ensimismada en retóricas sin asiento, correcciones woke y dispersiones de sus proclamas de igualdad en beneficio de los impulsos nacionalistas periféricos que le garantizan el poder, por otra parte ineficiente desde la acción parlamentaria.

El test del "no a la guerra"

A pesar de que el candidato socialista, Carlos Martínez, ha practicado un discurso pegado a la tierra y ha resucitado la palabra "cambio", oportuna en una Comunidad en que la derecha viene gobernando durante cuarenta años, el desembarco de Pedro Sánchez en el final de campaña, acompañado de Rodríguez Zapatero y de Óscar Puente, ha llevado a Castilla y León la vanguardia de su artillería bajo la pancarta del "no a la guerra", que ha tapado el eslogan local. También este gesto puede constituir un referéndum a pequeña escala sobre el efecto que puede tener esa posición de Sánchez para una posible remontada socialista, extrapolable al ámbito nacional.

El presidente del Gobierno se la juega al dibujar estas elecciones como un torneo entre él y Donald Trump, de quienes sus adversarios de derechas serían escuderos. Si el PSOE se mantiene, rebasa al PP en votos o incluso crece, Sánchez confirmará la eficacia de su hoja de ruta, aunque la derecha siga siendo hegemónica. Pero si este intento de meter la guerra de Irán en los asuntos de las nueve provincias castellanoleonesas no influye visiblemente en las elecciones también actuará como test, en este caso negativo.

Los gestos de Zapatero reproduciendo el acento circunflejo sobre sus cejas no dejan lugar a dudas sobre el intento de recordar el escenario que lo llevó a la presidencia del Gobierno contra el diagnóstico de las encuestas montado a la ola del "no a la guerra", en su caso la de Irak, en la esperanza de que se produzca un fenómeno de imitación. Pero la situación actual parece distinta. De momento, los discursos y las movilizaciones al respecto implican a sectores de la izquierda, ya asentados como tales, sin que, como en la era de ZP, los desborden. Hay que recordar que a aquellas manifestaciones de allá por 2003 acudieron ciudadanos y representantes de la derecha, en Murcia incluso miembros del Gobierno regional de alto nivel, lo que las convirtió en una protesta compartida. En esta ocasión, al menos de momento, se ha impuesto la percepción, con razón o sin ella, de que la posición de Sánchez responde a una estrategia política electoral: adquirir un balón de oxígeno que le permita derivar la atención de la parálisis política interna y paliar los efectos constantes de los múltiples casos de corrupción. El "enemigo exterior" es un recurso habitual en quienes se sienten agobiados por sus problemas interiores. De modo que aun compartiendo la actitud del Gobierno de España hay muchos, incluso al margen de las estructuras políticas, que no dejan de percibir el rasgo oportunista de esta posición, y la escenificación en el cierre electoral de Castilla y León vendría a confirmarlo.

Las compañías de Sánchez

Trump como involuntario aliado de los intereses de Sánchez no empaña las lacras ("anécdotas", las califican sus partidarios) de un mandato desnortado. Aparte de la compañía. Un signo de que sigue cobijado en una burbuja autocomplaciente: se presenta en un mitin de campaña con Zapatero, un hombre que ha hecho una fortuna junto a sus hijas mediante la práctica de algo que se parece mucho al tráfico de influencias y que presume de mantener una excelente relación con quien sostenía en el centro de Caracas un centro de detención y tortura, El Helicoide; y con Puente, que sería el peor ministro del Gobierno si ese puesto del ranking no estuviera tan disputado. Es el equivalente a cuando Feijóo comparte actos públicos con Eme Punto Rajoy o con el Aznar de las armas de destrucción masiva. Mientras haya ciegos por no querer ver, unos y otros siguen arrastrando lastre.

El estigma de "los políticos"

Todo a beneficio de Vox, cuyo electorado creciente se desentiende de las normas democráticas al percibirlas huecas y se entrega a un futuro de ruleta rusa en que el remedio resultará, sin ninguna duda, peor que la enfermedad. Cuando Abascal dice que "los políticos" son el problema está enviando el mensaje de que todos los demás, menos él, que se considera de otra naturaleza, forman parte de una representación que nada tiene que ver con las personas, meros espectadores de una ópera bufa. Es triste que esa imagen esté calando con tanta fuerza, incluso a pesar de que el líder de sea en la práctica la figura principal del elenco.

Y es que cuando los personajes de Torrente salen de la pantalla, como el pasado viernes a la hora del estreno de la película y del cierre de campaña en Castilla y León, realidad y ficción se confunden dando lugar a partes iguales a la risa y al bochorno.

Suscríbete para seguir leyendo


© La Opinión de Murcia