La buena dictadura cubana
Pablo Iglesias en Cuba / RRSS
Todos los pueblos que han sido oprimidos por el comunismo sufren un doble castigo: el de su condición propiamente dicha mientras permanece la dictadura y el de su liberación por depredadores del signo contrario. Lo cuenta muy bien para el caso de su país, extrapolable a todos los que conformaron el universo soviético, la albana Lea Yipi en su brillante, emocionante y ameno Libre (Anagrama), el relato sobre una niña que es testigo del derrumbre de las estatuas del psicópata Enver Hoxha para asistir sobre esos escombros al nacimiento de un nuevo monstruo, un sistema capitalista sin autocontrol. Recuerda la tristeza de Polonia, que tras ser escarnecida por los nazis fue liberada por los comunistas sin transición alguna para disfrutar de la libertad.
Miramos ahora a Cuba. El acabose de un régimen dictatorial extremo que solo ha constituido una utopía para los observadores externos acomodados en las tribunas de los países libres. Y que desembarcan en la isla a la hora de su colapso instalándose en los hoteles de muchas estrellas que todavía se abastecen de energía, los únicos puntos de luz que indican a los cubanos la funcionalidad de las instalaciones capitalistas concebidas para el turismo sexual, principal nutriente durante décadas del régimen. Se quejan los visitadores de que EE UU propicia el final del castrismo por el método infame de someter al pueblo a la inanición, lo cual es cierto, pero no explican que sean regímenes de izquierdas como Venezuela y México los que se hayan sometido a la bota de Trump olvidando la solidaridad con el referente cubano.
Las imágenes de Pablo Iglesias paseando por paisajes de desolada y grandiosa arquitectura stalinista antes de abrazarse a Díaz Canel constituyen el perfecto ejemplo de la impostura que ha sido percibido por la sociedad española sobre lo que parecía inicialmente una alternativa democrática libre de mitos de dominación autoritaria. Iglesias en Cuba reproduce la imagen de Abascal en la toma de posesión de Trump, las dos caras de una misma moneda. El murciano Sánchez Serna, jefe regional de Podemos, predicando desde un selfie en una calle de La Habana sin aceras por la que circulan vehículos como el del carrito del helado (España, años 60) para reivindicar la supervivencia de la dictadura lo dice todo. Pobre pueblo cubano abandonado, sobre todo, por los que hablan en su nombre.
