Castilla y León y las demás
Alfonso Fernández Mañueco, durante su comparecencia en Salamanca tras ganar las elecciones. / Manuel Laya
Este artículo podría titularse El día de la marmota. Doquiera que traslademos el foco electoral, los resultados se repiten con la persistencia de un dolor de muelas. Cambian ligeramente las horquillas entre las fuerzas políticas, pero sobre un ranking predeterminado. No hay manera de asaltar la mayoría de la derecha con independencia de las oscilaciones entre las dos fuerzas que la componen. Puede que para el PP constituya un drama tener que contar con su particular parásito, Vox, crecido y engordado, aunque ayer ralentizado, pero el PSOE hasta puede lamentar no contar con el suyo propio, pues las fuerzas a su izquierda ni siquiera cuentan para sobrevivir por sí mismas, cuanto menos para complementarlo.
Las tornas han cambiado: antes, donde el PSOE no alcanzaba la mayoría, solía venir IU a sumar lo que le faltaba; hoy, los socialistas están solos. Ya lo quisiera el PP: mejor solos que mal acompañados, pues sus potenciales aliados son especialmente molestos, pero es lo que hay.
El PSOE ha resistido en Castilla y León, claro que sin abandonar su vocación de oposición, y exhibe una variable respecto al calendario autonómico precedente: un candidato autóctono con arraigo, que al menos ha presentado batalla con ribetes críticos para el Gobierno central, diferenciado de los experimentos de ignorar la corrupción (Extremadura) o de los enviados monclovitas (Aragón). Sería miserable minar sus méritos considerando clave el desembarco sanchista con la pancarta del "no a la guerra".
Vox no confirma sus expectativas de alcanzar el 20% a pesar de que Abascal parecía ser el candidato con su presencia permanente, echándose el partido a las espaldas. Tal vez sea el primer síntoma de que pudiera empezar a morir de éxito por su estrategia de suspender su compromiso con la gobernación en el que se visualiza su interés partidario por encima de la estabilidad demandada por la lógica electoral.
Los tres ensayos territoriales a que hemos asistido señalan la fortaleza de un ciclo de cambio, ya iniciado en las anteriores autonómicas, que podría alcanzar al actual formato del Gobierno nacional. Guste o no, es lo que viene. Y lo que parece claro es que se trata de una advertencia que el PSOE y su izquierda no debieran ignorar persistiendo en sus inercias.
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