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Las dos Españas

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27.03.2026

Esta semana por motivos laborales he visto la que parece ser la sensación cinematográfica del momento: Torrente Presidente. Vaya por delante que me alegro de su éxito y reconozco el mérito de Santiago Segura de levantar al ciudadano del sofá para llevarlo en masa a las salas de cine.

Confío, y toco madera mientras lo digo, en que alguno de esos cientos de miles de ‘Torrentianos’, muchos de ellos advenedizos, se haya dejado seducir por alguna de las películas que configuran la actual cartelera cinematográfica y que vuelva a comprar una entrada para disfrutar del cine en pantalla grande. Si eso ocurre, si uno solo repite la experiencia, entonces Torrente Presidente habrá cumplido su misión y merecido la pena.

No quiero sacar el bisturí para diseccionar y analizar la cinta. Me conozco y me pierdo, me pierdo. Habrá otros foros más apropiados para hacerlo. Aquí lo interesante, o al menos eso me parece a mí, es como los españoles, una vez más, hemos encontrado la enésima excusa para polarizarnos y alinearnos en ejes completamente antagónicos, resucitando, faltaría más, el viejo fantasma de las dos Españas.

Y es que ir a ver Torrente Presidente se ha convertido casi en una comunión obligatoria para todos aquellos que orbitan alrededor de la denominada ‘fachoesfera’ y presumen orgullosos, selfie altivo en la sala incluido, de consumir un tipo de cine que no necesita de papá Estado para subsistir; despreciando, de este modo, el cine que se produce gracias a las ayudas públicas ya que, según ellos, no se comen un rosco en taquilla, no interesa a nadie y, por lo tanto, es malo.

Es triste y me dan escalofríos solo de pensarlo pero, a día de hoy, hemos reducido nuestro cine a una caricatura política en la que si te gusta Almodóvar eres de izquierdas y si lo hace Santiago Segura, de derechas.

Me parece tan absurdo y estéril plantear el más mínimo debate al respecto. Pretender poner en la misma balanza el cine de Santiago Segura con el de Almodóvar es poco menos que comparar un menú del Burger King con una creación de Almo ‘by’ Juan Guillamón. Buena parte de la opinión pública (la de una de las Españas) ha interiorizado la idea de que el cine español es poco menos que un chiringuito subvencionado, un juguete caro para ‘niños de papá’ que se dedican a rodar caprichos que no interesan al gran público a costa del contribuyente.

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A esos que braman como cromañones que «ni un euro público más para subvencionar nuestro cine» conviene recordarles algo elemental: Desde las tragedias griegas de Eurípides, financiadas por las propias polis atenienses, pasando por el mecenazgo renacentista hasta la Nouvelle Vague, por citar algunos ejemplos, el arte siempre ha dependido históricamente de los fondos públicos. Mucho más en el pasado que hoy. Lo cierto es que, sin ese sustento, muchas de las obras maestras que hoy admiramos en museos, bibliotecas y filmotecas probablemente no existirían.

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