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La profecía

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10.04.2026

Una imagen del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una pantalla digital de Times Square, en Nueva York, el 8 de abril de 2026. / TIMOTHY A. CLARY / AFP

En 1977, el compositor Jerry Goldsmith ganó el Óscar a la Mejor Banda Sonora por Ave Satani, tema principal de la película La profecía, dirigida por Richard Donner, que más tarde daría lugar a una trilogía.

La partitura de Ave Satani es, sin duda, la creación musical que más me ha sobrecogido y aterrorizado a lo largo de mi vida y me atrevería a afirmar que esta contraposición del Ave María se ha convertido, hasta la fecha, en la música de terror más influyente y majestuosa que se haya compuesto jamás.

Durante el desarrollo de la trilogía, el Ave Satani actúa como leitmotiv acompañando los momentos exactos en el que el mal se manifiesta en pantalla. Y he de confesar que últimamente, por alguna extraña razón, cada vez que en algún telediario aparece la figura de Donald Trump, la salve a Satanás resuena en mi cabeza de manera involuntaria.

Recordemos para aquellos que no hayan visto las películas que la saga La profecía recorre la vida de Damien, un niño señalado por las profecías como el Anticristo, desde su adopción en el seno de una familia influyente hasta su ascenso paulatino al poder. De hecho, en la última entrega de la serie, El final de Damien, este es nombrado embajador de Estados Unidos en Gran Bretaña y aspira a alcanzar la presidencia, paso previo a su propósito final: dominar el mundo para aniquilarlo.

No oculto que mi escepticismo a lo sobrenatural me impide creer en profecías que anuncien el fin de los días, pero convendrán conmigo en que las coincidencias no son pocas y que el «Cheeto, Cheeto‑in‑Chief» presidente yanqui guarda alguna que otra similitud con el anticristo Damien Thorn.

Más si cabe tras haberlo escuchado anunciar recientemente la aniquilación de toda una civilización entera, subrayó y recalcó lo de civilización, algo inédito desde los oscuros tiempos del III Reich, y que explicaría, en cierto modo, el persistente tufillo a azufre que nos llega últimamente desde la Casa Blanca.

Bromas aparte, resulta cuando menos sorprendente, y francamente escandaloso, que la clase política estadounidense no haya reaccionado ante la enésima tropería de su presidente mediante la apertura de un proceso de ‘impeachment’, ese maravilloso mecanismo de control concebido por el propio sistema y utilizado para acusar e inhabilitar a un mandatario cuando se considera que no ha tenido un comportamiento adecuado y ha traspasado límites que no debería cruzar.

Aunque, siendo honesto, no sé qué me sorprende y asquea más: si los exabruptos y desvaríos de este aprendiz de emperador ególatra, o la complacencia de aquellos -no hay que mirar muy lejos para encontrar a alguno- que celebran y jalean sus hazañas con una docilidad feudal que los convierte, per se, en cómplices ideológicos del mal.

En la última entrega de La profecía es la Hermandad de los Monjes de Megido la que asume la tarea de enfrentarse al mal y destruir al Anticristo. Como ya he señalado antes, no soy muy dado a este tipo de creencias y dudo que el presidente Trump lleve tatuado el número 666 en el costado, aunque como dicen en Galicia ‘haberlas, háylas’ , y a tenor de cómo está el patio, quizá haya llegado el momento de enfundarse los hábitos y empezar a rezar.

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