Necrofilia
Confieso que al principio de su 2º mandato aún pensaba que Trump era un peligrosísimo autócrata con riesgo de evolucionar al fascismo, pero no un amante de las guerras. Obviamente me equivocaba. Debería haber tenido en cuenta que la guerra y la pulsión de muerte son indisociables del fascismo, tal como ha acreditado la experiencia histórica. Una pasión nada secreta (¡viva la muerte!) por hacer de la muerte la ratio última para imponer unas ideas y un poder, e incluso para sufrirla, como expresión del sacrificio supremo por la causa que se defiende, un destino que llega a sentirse como consumación de un siniestro amor. Trump no participa de este «ideario», el suyo es más elemental y menos bizarro, pero sí de sus prácticas, al menos cuando se trata de la muerte ajena, con su banalización, su normalidad, la ausencia total de compasión o piedad humanas, incluso el regocijo al infligirla.
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