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Buenos gestos

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12.03.2026

Carmen ha decidido dejar pasar al conductor del utilitario. Va con prisa, se ha levantado de mal humor y llega tarde al trabajo, pero taponar la salida del garaje no hará que se sienta mejor y tampoco le hará llegar mucho antes a la oficina. El conductor le levanta la mano y le sonríe. Carmen lee sus labios: «Gracias» y piensa que es guapo y que verle contento le ha aportado una pequeña dosis de satisfacción a esa mañana convulsa.

Jaime, el conductor del utilitario, no las tenía todas consigo. «A ver quién va a ser el majete educado que deja que me incorpore», se preguntaba irónicamente a medida que el morro de su coche asomaba a la vía principal. La espera no duró un segundo. Una mujer elegante le cedió el paso y él comenzó su trayecto matutino con buen pie. El buen rollo continuó durante la ingesta del café y, a la hora de pagar, no sólo dejó propina, sino que también dio unas palmaditas y unas gracias muy efusivas a Luz, la camarera que, día tras día, atiende a Jaime durante su desayuno. 

Luz estaba feliz. Ese agradecimiento de Jaime le había sentado bien. Así que decidió hacer el bocadillo de jamón serrano, que le había pedido Beatriz, con un extra de cariño. Escogió el mejor tomate, le echó un chorro generoso de aceite y le puso un trozo más grande de embutido. Tras el primer bocado, Beatriz cerró los ojos de placer y emitió un gemido que se escuchó dos mesas más allá. Comió su desayuno como si fuera el último de su vida. Dio rienda suelta a sus papilas gustativas y practicó una atención plena de manual. Después de la pausa de rigor, volvió a su asiento en la Administración Pública satisfecha. Se sentía tan a gusto que, en cuanto Pepe se sentó delante, le regaló su mejor actitud y una sonrisa de oreja a oreja, que incluía un trocito minúsculo de pan entre el colmillo y el primer premolar.

Pepe era un mar de dudas. No comprendía la notificación ni sabía qué impreso rellenar. Se había olvidado de adjuntar no sé qué documentación y los plazos corrían en su contra. Beatriz le tranquilizó, le explicó la situación, le dio una solución y le aseguró que todo se arreglaría. Pepe lloró de la emoción y llamó a su novia para decirle que había conocido a una funcionaria con verdadera vocación de servicio público. Su pareja sintió tanta plenitud que se ofreció a prepararle su plato preferido y descorchar una botella de vino para brindar. «Antes pásate por la tienda porque nos hemos quedado sin papel higiénico y aceite», le pidió. Pepe entró en el supermercado exultante. Una cena romántica, ¡por fin!

Mientras esperaba para pagar, vio cómo el billete de 50 euros se escapaba de la cartera de la señora de delante. Constató que nadie más se había percatado y adelantó su pie para pisar y esconder el dinero, pero se arrepintió. Pensó en la sonrisa con tropezón interdental de Beatriz y en su «todo se arreglará». Se agachó y se lo devolvió a Sole. Para ella, esos 50 euros son la diferencia entre llegar, o no, a fin de mes.

Ha sido un buen día. Y todo comenzó con el pequeño gesto de Carmen.

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