Divino de la muerte
Esa fotografía o captura de vídeo en la que se ve a Trump con gesto de meditación, mientras recibe y escucha la oración de pastores evangélicos, que apoyan sus manos sobre él, es una de las más ilustrativas y yo diría que surrealistas imágenes, hasta ahora, de toda esta guerra terrible desatada por el gobierno de Estados Unidos e Israel sobre el Oriente Próximo.
No es sólo por la religión, en realidad. Uno no es religioso, pero respeta las creencias. Simplemente, la foto transmite algo inquietante. Un cambio en la concepción del poder en este lado del mundo. Un acercamiento, precisamente, a las teocracias que dicen combatir, o a los gobiernos inspirados en alguna religión. Las democracias modernas separan absolutamente las creencias de los individuos del ejercicio del poder. La democracia ha de entenderse, para ser de verdad creíble, desde el laicismo, por más que la religión pueda ser una lógica influencia cultural amasada a lo largo de los siglos. Trump, que aprieta una mano contra la otra sobre la mesa del gran poder, cierra los ojos, asaltado quizás por los fantasmas de su barbarie, quién sabe si en un acto de íntima contrición, y recibe la imposición de las manos mientras se susurra un rezo, como si se tratara de un chamán antiguo. Como un rey medieval que aún cree que el poder es mandato divino.
Mal iríamos si Dios, en su caso, se manifestase a través de individuos como Trump. Sería una humorada, cuando menos. No creo que Dios, con perdón, esté tan fuera de la realidad, porque ya se sabe aquello de «a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»: es una frase bíblica, no se olvide, por más que la frase iba más bien de pagar o no pagar impuestos. No me extraña que los inspectores de Hacienda salieran en Los domingos: el minuto de oro de la película. La Biblia, hermosamente literaria y polvorienta en su texto más antiguo, no está exenta de gran violencia. Porque La Biblia es también, y sobre todo, fieramente humana. Y ya sabemos cómo se las gasta la especie a la que pertenecemos. Trump no debería meter a Dios en esto, aunque piense que le viene bien como guiño promocional a una parte no menor de su electorado. Trump no es un chamán, por más que hable para su tribu, ni está en conexión con la naturaleza, más allá de los campos de golf, ejerciendo un mandato divino. No y no. Aunque lo suyo sea, eso sí, divino de la muerte.
Ya sabemos que uno de los lemas de la nación norteamericana, y un himno patriótico que pronunció incluso Bad Bunny, es Dios bendiga América, una frase que se entiende en el contexto de la inmigración en la que Irving Berlín la creó, para expresar gratitud. Sí, porque al final todo tiene que ver con la inmigración: a saber cuántos la habrán pronunciado (y luego se habrán arrepentido) antes de que el ICE los persiguiera por las calles sin compasión.
Pero, en fin, me temo que, con la plancha que tiene, Dios no encuentra tiempo ni ganas para ser fan de una nación en exclusiva. En la Guerra fría, el lema del país, E Pluribus, Unum (vean la serie que lleva este mismo nombre, porque habla de lo que nos está pasando) pasó a In God We Trust (como en los billetes, claro: por si acaso), un lema que ha sido maqueado, con aires humorísticos, como In Gold We Trust (ideal para Trump, o sea).
He aquí pues al nuevo monarca, al parecer por la gracia de Dios. El hechicero de su tribu. Pues vaya gracia, viendo los resultados. Piden en el rezo guía, sabiduría y protección. Y Dios, como en Esperando a Godot, no sabe y no contesta. O mejor, no quiere saber. Trump, divino de la muerte, nos salvará.
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