El peligro de las guerras estúpidas
¿Cuál es el objetivo de la guerra de Estados Unidos e Israel en Irán? Depende. Según los portavoces de la administración de Donald Trump, se trata de neutralizar la capacidad ofensiva iraní: la destrucción del programa de misiles (eliminar la capacidad de lanzamiento y producción de misiles balísticos) y asegurarse de que Irán no pueda enriquecer uranio para fines militares. Israel, en cambio, se enfoca en derrocar la estructura de poder: eliminar el liderazgo iraní (su cúpula política y militar), destruir centros de mando, instalaciones militares y nucleares y depósitos de armas y socavar la autoridad del Gobierno islámico para fomentar una insurrección interna, atacando para ello infraestructuras de gas y energía que afectan el suministro a la población.
El bombardeo de instalaciones militares, el asesinato de la cúpula militar, religiosa y política iraní y la destrucción de infraestructuras básicas del país son caminos que, en teoría, llevan a un mismo destino: eliminar lo que el Estado hebreo considera una «amenaza existencial», un Irán con la bomba atómica. Desde el punto de vista israelí, este es el único factor que cuenta: Irán no puede tener bajo ningún concepto el arma nuclear. En las dos décadas de tira y afloja por el programa nuclear iraní, siempre ha estado meridianamente claro que Israel debe ser la única potencia nuclear de la región. La cuestión siempre ha sido cómo.
Hasta el 7 de octubre de 2023, el consenso era que Israel no podía destruir el programa nuclear por sí mismo. Era impensable que en la región Tel Aviv se enfrentara militarmente de forma directa a Teherán. Como en la guerra fría, su conflicto se dirimía con agentes interpuestos: las milicias armadas en varios países y la relación entre Irán y los grupos armados palestinos por un lado, la presión de EEUU y la UE (sanciones) sobre el régimen de los ayatolás a cuenta del programa nuclear, por el otro.
El ataque de Hamás redibujó Oriente Próximo. Israel masacró la franja, apretó aún más el puño de hierro en Cisjordania, descabezó a Hezbolá en el Líbano y no ocupó Damasco porque no quiso. En términos globales, el 7-O certificó el fin de la ficción de un mundo gobernado por normas, la legalidad internacional. Donald Trump no tejió la capa de inmunidad e impunidad que cubre a Israel desde el 7-O: esa responsabilidad corresponde a Joe Biden. Trump, como en otros asuntos, ha sido el acelerador de un fenómeno ya en marcha. En ese mundo post 7-O, Israel es el más fuerte del vecindario y el viento sopla a su favor. Una oportunidad de oro.
¿Significa que esta es una guerra de Israel, que Netanyahu manipula a Trump y que el magnate ha llevado al país a una guerra como perrito faldero del primer ministro israelí? Más allá de los ecos de los Protocolos de los Sabios de Sión que resuenan en muchos de los argumentos que dibujan una pérfida influencia judía sobre los centros de poder, EEUU tiene sus propios intereses en la guerra. El petróleo, como en Venezuela, es uno de ellos; la aplicación de la Doctrina Monroe (Oriente Próximo para los americanos... a través de Israel y Arabia Saudí, los dos grandes gendarmes, aunque de tamaños diferentes) es otra. Hay una confluencia de intereses que la insensatez trumpiana no debería ocultar.
Sin embargo, si antes del 7-O atacar a Irán de forma directa era una mala idea, ahora lo sigue siendo. No se trata solo de una cuestión militar (que también: Teherán parece tener un plan muy claro y recursos para llevarlo a cabo). El problema es de esencia: ¿cómo se define la victoria para EEUU e Israel? ¿Cómo se declara la misión cumplida? ¿Cómo se aseguran Tel Aviv y Washington (y las monarquías árabes) que Irán no es un contrapeso en la zona, no ya nuclear, sino simplemente militar? En Venezuela bastó con capturar a Nicolás Maduro y trasladarlo a Nueva York, pero en Irán no es suficiente con matar al líder supremo.
Sin definición del éxito, no hay plan de salida si las cosas no salen bien. Israel está acostumbrado a ello: ¿cómo acaba la guerra de Gaza, cómo se declara la victoria allí más allá de la destrucción y el horror sin fin? A EEUU le pasó en Afganistán y en Irak. «No estoy en contra de todas las guerras, sino de las guerras estúpidas». La frase la pronunció en 2002 Barack Obama, entonces un joven senador del estado de Illinois, poco antes de empezar la guerra de Irak. Hoy, el gran riesgo para EEUU e Israel no es Irán per se, sino que la guerra que han desatado en el país persa sea una guerra estúpida. n
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